Hippocampus

Cuento

Trotando con suavidad abandonó la playa y se encaminó a la colina rocosa que, cerca, parecía vigilar el océano con mirada pétrea.

Sin apresurarse emprendió el ascenso a través de las rocas hasta llegar a la cima. Atrás quedaba la tierra de sus ancestros. Delante, el mar inmenso y majestuoso, en el que un sol llameante se hundía incendiando el cielo. Muchos metros lo separaban de las olas que, rugientes, se estrellaban contra la sólida muralla: colmillos de piedra que, cansados de la lucha milenaria con el mar, parecían aguardar al incauto que diera un paso más en la cima de la colina.

Tomó el carcaj lleno de flechas cazadoras, proyectiles certeros y leales y, mirándolo con cariño, lo lanzó con fuerza hacia el mar, que reclamó ese sacrificio sin inmutarse. Luego tomó el enorme arco que sólo él podía tensar, hecho con madera de fresno y delicadamente grabado con fantásticas escenas de cacería, lo rompió y lo ofreció también al océano insaciable.

Al pie del risco la marea en descenso había dejado al descubierto aún más rocas mortíferas. En el horizonte el Rey de los astros terminaba de sumergirse en un mar de fuego y en ese preciso instante alzó los brazos poderosos al cielo y gritó. Gritó poniendo en su voz toda la ira, la tristeza y la desesperación del amante incomprendido, toda la angustia del amor imposible. Y mientras su voz se alzaba hacia dioses impasibles, él avanzó con un salto y se ofreció a sí mismo como sacrificio final a las rocas y al mar que, en el momento anterior a la oscuridad definitiva, le pareció que lo acogía con una sarcástica carcajada, como si aceptara el sacrificio del centauro sabiendo que sería inútil.

Entretanto, sobre la playa, su amada, habiendo escuchado el grito final, decidió que, en esta ocasión, no regresaría al hogar con la marea: dejaría que las olas se alejaran cada vez más, abandonando su cuerpo en la tierra firme y permitiendo que, despacio, la vida se escapara, único destino para la sirena abandonada por el mar.

Cuando el áureo círculo del sol iluminó de nuevo el mundo, centauro y sirena no eran más que un recuerdo triste. ¿O no?

Quizá los dioses no sean tan crueles, y ese romance imposible entre la tierra y el océano haya dejado su fruto para el mundo. Nada por allí, apenas percibido, con elegancia, atándose a veces por la cola a una delicada ramita de coral, dejándose mecer por los vaivenes del agua interminable. Y al mirarlo, se ven, sin duda, los rasgos inconfundibles de la madre, mas ¿y el padre? Claro que sí: por algo es un caballito de mar.

Hippocampus
Hippocampus
Anuncios

¿Qué opinas?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s