La Espada Rota

Cuando Poul Anderson compitió con Tolkien… Y perdió

El libro llegó a mis manos como suele ocurrir en los cuentos de fantasía –no de hadas: me remito al Profesor y su “Árbol y Hoja” para sustentar la diferencia– por accidente, pero dejando la extraña sensación de que el destino lo había puesto ante mí con oscuras y desconocidas intenciones. Fue una extraña coincidencia que llegara en uno de esos particulares momentos de cínica melancolía en que todo lo que ha forjado nuestra mente se añora y se desprecia a un tiempo, tal vez por pensar que aquellos manjares que antaño saciaron la sed de conocimiento, a veces disfrazado de simple ansia de aventuras, son irrecuperables, y su sabor añejo ya no es suficiente para satisfacer el apetito intelectual. Las obras del Profesor me hastiaban por ese entonces, y la despiadada codicia que Christopher Tolkien parecía mostrar con una nueva edición de las historias de la Primera Edad, esta vez bajo el título de “Los Hijos de Húrin”, me prevenían en contra de todo aquello que oliera a élfico, perfume no menos delicioso que la primera vez pero ya empalagoso para mi olfato literario.

Así, cuando, hojeando el dichoso libro al azar, empecé a percatarme de la extraña mezcla entre mitologías celta, nórdica y medieval, con descaradas referencias al cristianismo y a la hecatombe cultural perpetrada por los evangelizadores en Europa, y cuando percibí un cierto saborcillo Tolkeniano en uno o dos pasajes leídos a la carrera y que hablaban de los elfos, decidí arrojar el ejemplar a un estante para cuando mi ánimo estuviera más receptivo, pidiéndole disculpas al señor Poul Anderson por la rudeza, puesto que su ciencia ficción siempre me agradó bastante.

Pasaron algunas semanas y muchas cosas en mi vida, y por alguna extraña circunstancia se despertó una cierta curiosidad por profundizar en todas las cosas nórdicas, y recordé el viejo tomo semioculto detrás de varios ejemplares de Heavy Metal.

Las primeras páginas fueron penosas: el prefacio de Javier Martín Lalanda y su inevitable mención del Profesor reavivó el escozor antiélfico de días atrás. Hasta cuando, releyendo un párrafo, el rescoldo se apagó como pateado por un pesado corcel Jötun:

“¿A qué es debido que esta obra de Anderson haya pasado desapercibida? A la edición, al mismo tiempo que ella, de “El Señor de los Anillos” de Tolkien. En efecto, “The Lord of the Rings” aparece en Gran Bretaña en 1954, de suerte que frente a una temática similar, el profesor de Oxford eclipsa totalmente al recién titulado norteamericano. No deja de ser, por tanto, una broma del destino -¿quién sabe si no sería debido a un encantamiento de los trolls y de sus adictos?- que Tolkien, quien, precisamente, quería resucitar esa dimensión feérica que veía perdida, debido a una falta de coordinación con su «aliado» del otro lado del Atlántico, malograse sus encomiables esfuerzos.”

Bien, me dije, vale la pena intentarlo.

Al terminar la lectura, lamenté dos circunstancias: primero, no tener acceso, al menos de momento, a la edición en inglés. Sin demeritar los esfuerzos de Javier Martín Lalanda, precisamente la lectura de Tolkien me ha enseñado que, cuando una obra realmente vale, vale el doble en su lengua nativa. Segundo, haber dado comienzo a la lectura; de no haberlo hecho, no habría terminado, y no tendría ahora este enorme agujero entre la mente y el corazón que añoran Faerie, y Alfheim, y hasta Jötunheim.

Recorriendo junto a Valgard y Skafloc las tierras de Inglaterra y de Midgard reconocí viejos rostros en su forma juvenil, si bien con nombres e ideologías diferentes: en la tragedia de Valgard Berserkr y su hacha fratricida pude reconocer rasgos de Turin Turámbar y su negra espada, así como la malvada espada Tyrfing, habitada por un demonio y sedienta de sangre y violencia, me señaló con claridad el camino hacia Melniboné. También el trágico romance entre Skafloc y Freda tiene visos de la maldición que Morgoth impuso sobre Húrin.

Pero los elfos de Anderson no son los nobles Eldar de Tolkien, como queda muy claro ante la cruel desfachatez de Leea, pero tampoco son los petéticos duendecillos shakesperianos que plagan los “cuentos de hadas”. Así como Faerie no es la Tierra Media, puesto que coexiste con Midgard y con el mundo de los hombres, al que va cediendo paso de manera irreversible ante el avance de la religión del “nuevo dios”, al que Anderson respeta pero a cuyos seguidores culpa sin remordimientos de la pérdida de tantas bellas tradiciones en el mundo.

“Siento que se acerca el día en que Faerie se desvanecerá, cuando el mismísimo Rey de los Elfos se convierta en un simple espíritu de los bosques y después en nada, y los dioses se oculten”, dice Imric, Conde de Elfheugh, al terminar la saga de Skafloc, y es curioso, mas dudo que sea una simple coincidencia, que tales palabras sean un eco tan fiel – o tal vez se vean reflejadas con tanta precisión – en las de Galadriel: “Pero si triunfas, nuestro poder decrecerá, y Lothlórien se debilitará, y las mareas del Tiempo la borrarán de la faz de la tierra. Tenemos que partir hacia el oeste, o transformarnos en un pueblo rústico que vive en cañadas y cuevas, condenados lentamente a olvidar y ser olvidados”.

Separados por miles de kilómetros de tormentoso océano, y casi al mismo tiempo, Poul Anderson y J.R.R. Tolkien, se tomaron el trabajo de ir mucho más allá de los cuentos de hadas y de Shakespeare y de las mutilaciones eclesiásticas, y sintieron aquello que mucho antes nubló los rostros y la felicidad de los Elfos y de los hijos de Dana y de los viejos dioses, que supieron desde siempre el amargo destino que la corta y egoísta memoria de los hombres precipitaría sobre ellos y sus obras.

Pasará aún algún tiempo antes de que me atreva a acercarme de nuevo a tierras élficas, en Faerie, en Asgard o en la Tierra Media. Entretanto,

Namárië.

Anderson, Poul. La Espada Rota. Colección Ultima Thule, Grupo Anaya, Madrid, 1992.

A furore Normannorum libera nos, Domine
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