Recuerdos oscuros

Como funcionario público, tuve que visitar sitios donde se estaban demoliendo viejas edificaciones para vigilar la preservación de bienes inmuebles de valor cultural. Una de las visitas me resultó impactante.

Era una casa extensa, elegante, con una distribución excelente y bellos acabados en madera, y fue construida en un solo nivel pues entre sus habitantes originales había una persona con cierta limitación motriz. Una rápida investigación en la oficina me permitió constatar que había sido construida a finales de los años sesenta.

Los ancestros hubieran dicho que sobre los propietarios pesaba el mal de ojo; durante los diez o quince años en que habitaron la casa, además de algunas muertes prematuras en la familia, resultó que el patriarca tenía viejas y oscuras deudas y fue asesinado ante su propia puerta. Tras el funeral, la viuda huyó y pereció poco después en un truculento accidente de tráfico en otra ciudad. Los herederos de la familia, ya casados y con hijos, se enfrascaron en una violenta disputa sobre la herencia que terminó en la muerte de uno y el encarcelamiento del otro, asesinado poco después en prisión. La casa fue vendida a principios de los años ochenta a una prestante familia que la disfrutó durante poco menos de seis años.

Tras conocer la historia de la casa y recordar por qué me había impactado su demolición, me pasé un sábado completo excavando entre viejos documentos en busca de cierto manuscrito. Aún no encuentro las páginas primera y última de las seis mecanografiadas. Pero las cuatro restantes han sido suficientes para refrescar mi memoria y darme cuenta de que aún hoy, después de casi veinte años, el horror de la experiencia sigue vivo en mi interior. Aparte de esas escasas y maltratadas hojas hay pocas evidencias. La única fotografía muestra un muro que podría estar en cualquier parte del mundo. Creo que ni siquiera se trata de una fotografía: tal vez haya sido un accidente con el disparador de la cámara. La cinta magnetofónica fue destruida. Y la casa ha sido demolida: hoy el lote está ocupado por un moderno edificio de apartamentos.


Comenzaba 1989. Había alcanzado el grado de bachiller académico el año anterior y me encontraba sin saber qué sería de mi vida. Había dejado pasar las fechas de inscripción en las universidades y estaba en unas largas vacaciones de seis meses; cuando uno tiene diecisiete años eso es algo maravilloso. Y para pasar el tiempo me vinculé a un periódico estudiantil para el que creé una sección de “fenómenos paranormales”.

Uno de los integrantes del periódico me puso en contacto con la familia que en ese entonces poseía la casa, aunque no la habitaban desde hacía tres o cuatro años. Tampoco se habían decidido a venderla o alquilarla. El muchacho con el que hablé, y al que llamaré Pablo, me confesó que las ofertas que les habían hecho eran bastante tentadoras pero provenían de personas con antecedentes dudosos, así que estaban indecisos.

Pablo no quiso ser específico respecto a los incidentes concretos que habían llevado a la decisión de abandonar la casa dejando el mobiliario intacto. Sólo me habló de incidentes aislados: un sillón que se movía por sí mismo de manera brusca y espasmódica, un equipo de sonido que se encendía a todo volumen a las horas más intempestivas aún cuando estuviera desconectado, ciertos ruidos ominosos…

Decidí desafiar mi coraje y pasar una noche en la casa para entregar un excelente relato de primera mano en el periódico. Claro, mi osadía no llegaba al extremo de pasar la noche SOLO en esa casa, así que lo planeé todo con otro de los chicos del periódico… que una hora antes de la cita me llamó para excusarse con alguna tontería. Poco después Luisa Fernanda, una morena menuda y preciosa que hacía parte del equipo editorial, me llamó para sugerirme que desistiera, y mis hormonas adolescentes decidieron demostrarle que no era ningún cobarde.

Pablo me miró como a punto de salir corriendo cuando le confirmé que iba a estar solo. Pero no intentó disuadirme. Me condujo a la que solía ser su propia habitación, al fondo de la casa y con una gran ventana que daba al patio de casi media hectárea y cuyas plantas ya estaban en estado salvaje por falta de mantenimiento. Antes de irse, me sugirió que mantuviera las cortinas corridas y que pasara lo que pasara no abriera la puerta del cuarto. Y se fue antes de que cayera la noche.

Yo iba armado con mi vieja cámara Kodak 110, una grabadora de periodista, un cuaderno y un par de lapiceros. Y, por supuesto, un buen libro.

Cuando llegaron las ocho de la noche sin novedad empecé a decepcionarme un poco. Por supuesto, yo estaba esperando una espectacular exhibición de efectos especiales por el estilo de Poltergeist. Pero la realidad no suele ser tan espectacular. La realidad no suele consistir en cosas que uno pueda VER. Y, la mayoría de las veces, los fenómenos paranormales son percibidos a través de los menos usados de nuestros sentidos. Eso es lo peor.

A eso de las nueve noté que la puerta del armario empotrado – una puerta corrediza – estaba abierta. Sin poder decir a ciencia cierta si al llegar estaba cerrada, me limité a cerrarla. El ruido fue estruendoso cuando la hice deslizar. Pero la dejé bien cerrada.

Una hora más tarde, levanté como por casualidad la vista del libro, y estaba de nuevo abierta. Nunca escuché que se abriera. La cerré otra vez y, a manera de prueba, la abrí y la volví a cerrar. Por más que me esforcé en mover la puerta corrediza sin hacer ruido el movimiento de la hoja de madera era horrísono. De nuevo la dejé cerrada y giré la pequeña llave, que puse junto a mí en el escritorio.

Quince minutos más tarde la puerta estaba otra vez abierta. La diminuta llave seguía en su sitio del escritorio, junto a las llaves del resto de la casa, que Pablo me había facilitado. Ya estremecido tomé la decisión de dejar la puerta tal cual el duende o el fantasma o lo que fuera la quisiera dejar.

A eso de las diez treinta todo lo que hubiera en la gran cocina integral cayó al piso con estrépito. Escuché cómo una gran vajilla de múltiples puestos se rompía contra el piso embaldosado. Por supuesto, cuando mi contacto me había enseñado la casa noté que las alacenas estaban vacías.

Algo que jamás he entendido de las películas de terror es la soberana estupidez de los protagonistas que siempre tienen que ir a investigar… es decir, a desafiar las fuerzas sobrenaturales que los acechan. Yo tomé la opción B: intenté concentrarme en el libro. Después de intentar leer la misma página en trece ocasiones sin ningún éxito, preferí encender la grabadora, tomar mi cuaderno y empezar a anotar todo.

Las anotaciones entre las once menos cuarto y al medianoche son una colección de fenómenos auditivos, algunos absurdos, otros atemorizantes. Hoy recuerdo poco sobre esa noche, y por más que me esfuerzo no sé qué me pudo haber llevado a anotar “11.42: ¿perros?”

Pero cuando llegó la medianoche un único sonido, claro e inconfundible, me llenó de un pavor tal que aún hoy lo recuerdo con total claridad.

A veces, los gatos en celo maúllan con un sonido lastimero muy parecido al llanto de un recién nacido. Pero por más que el maullido parezca un llanto hay detalles que los gatos no imitan: esas pequeñas contracciones respiratorias compulsivas y el ritmo particular del llanto desesperado y furioso de una criatura.

Mientras tecleo los ojos se me han encharcado. Son las diez treinta de la mañana, la oficina está llena de gente y sin embargo la fuerza del recuerdo es tal que me estremezco y temo mirar a mi alrededor. Tengo pánico de separar los ojos de la pantalla.

El llanto duró durante casi quince minutos – las hojas mecanografiadas tienen la anotación precisa de la hora – pero para mí fue una eternidad: ¿debía abrir? Tenía el fuerte impulso de verificar que, de algún modo, un bebé real no hubiera llegado hasta ese sitio y estuviese congelándose hambriento y desamparado… y otro impulso igual de fuerte de salir corriendo o de arrojarme por la ventana al patio y al bosque de más allá.

El llanto terminó: yo mismo estaba llorando de terror, en silencio, con temor de hacer el más mínimo ruido.

Y entonces, dentro de la habitación, sonó algo que en el manuscrito sólo pude definir como el rugido de un león furioso. Volví, sin poder evitarlo, mis ojos hacia la fuente del ruido y vi cómo la puerta del armario se cerraba, esta vez con todo el ruido que yo mismo hubiera obtenido de realizar la misma acción.

En principio, comprobar que el ruido no era el rugido de algún monstruo asesino me alivió… hasta cuando caí en cuenta de lo que estaba viendo: esa ruidosa puerta corrediza que se movía muy despacio sin que nadie la empujara hasta cerrarse por completo.

Y entonces el llanto empezó de nuevo, esta vez dentro del armario.

Recuerdo haber orado con fervor pero en silencio hasta cuando el llanto terminó. Recuerdo haberme incrustado contra el espaldar del asiento cuando algo empezó a rascar la puerta la habitación con unas garras. Recuerdo haber estado a punto de gritar cuando, ya con los nervios al extremo de su resistencia, decidí largarme y me encontré con que la puerta de la casa no abría y ninguna de las llaves funcionaba. De regreso a la habitación, recuerdo haber escrito una especie de absurdo testamento en la penúltima página del cuaderno: “Si alguien encuentra estas notas…”

Sí, estaba tan aterrorizado como nunca he vuelto a estar en mi vida y, aparte de ese estremecedor llanto infantil, doy muy poca credibilidad a los recuerdos de esa noche.

Pero recuerdo con claridad un par de ojos de perro, furiosos, brillando con un resplandor rojo a través de la ventana, cuyas cortinas, por supuesto, había dejado abiertas para demostrarme a mí mismo que no era ningún cobarde.

A eso de las seis de la mañana cobré ánimos para intentar de nuevo la fuga. No encontré ningún obstáculo hasta la puerta principal, que se abrió sin dificultades.


Hubiera sido mucho pedir un descanso tranquilo después de la experiencia. Pero ya en mi propia casa, en terreno conocido, con las puertas de mi habitación y de mi armario abiertas de par en par y a plena luz del día, volví a escuchar la cinta.

Estaba el llanto, estaba mi respiración agitada y mi murmullo nervioso – sería más preciso decir aterrorizado – contando que algo arañaba la puerta del cuarto, estaban los sonoros pasos sobre la habitación… y estaban las voces.

No recuerdo haberlas escuchado esa noche. Pero estaban en la cinta, tan claras como mi propia voz y más nítidas que el llanto.

La primera parte, unas voces suaves y lejanas, se entendían a la perfección: “vetevetevetevetevete”

Más tarde sonaba una sola voz, angustiada, acercándose y alejándose, distorsionada, que pasaba del susurro al grito pero siempre nítida: “sableubon… sableubon… sableubon… ¡SABLEUBON!”

Apagué la grabadora y me fui a la sala de la casa, ese sábado a las ocho de la mañana, a ver televisión, y allí me quedé dormido.


Esa misma tarde tomé la cinta y la llevé a un amigo que tenía montado un precario – pero para nosotros fabuloso – estudio de grabación.

El reproductor enredó, rompió y mascó la cinta en la primera pasada. Algo que el aparato nunca había hecho, y nunca volvió a hacer.

Pero las ominosas palabras de la voz misteriosa habían quedado sobre papel. Me llevé la palabreja a la Facultad de Idiomas de la Universidad local y luego de diez minutos todos en el laboratorio lingüístico reían a mandíbula batiente: “Sableubon” no es el nombre de ningún antiguo demonio mesopotámico, ni se trata de una olvidada maldición egipcia, sumeria o muisca.

“No vuelvas”, dicho al revés.

Nightmare
Nightmare
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