Ritos ancestrales

Aproximarse a la Estación Orbital Cero es una experiencia asombrosa y aterradora. Es casi tan grande como la Luna antes de que el Cataclismo arrojara sus fragmentos sobre la Tierra, destruyendo la biósfera. La sensación de vértigo cuando el transbordador entra en el campo gravitacional del satélite artificial, y la conciencia de que la mole desértica que orbita es el origen de los viajes espaciales que permitieron colonizar el Sistema Solar y fundar un Imperio humano del tamaño de una galaxia…

Nunca había contemplado la Madre Tierra hasta cuando, como recompensa a una brillante (y violenta) carrera militar, el Imperio me asignó una nueva misión como Agregado Militar del equipo de científicos en la superficie del planeta.

Los investigadores hallaron evidencias de una forma de culto muy extendida en la civilización pre-cataclísmica, además de las 273 sobre las cuales se ha logrado reconstruir un cuadro histórico y social completo. Lo curioso de la “nueva” forma religiosa es su extraordinario alcance: objetos rituales y centros de reunión pululan alrededor de todo el globo, aparentemente mezclados con muestras de otros sistemas de creencias en un sincretismo curioso y difícil de entender.

Sus templos tenían una extensión muy superior a la de otros centros espirituales, y el culto tuvo medios bastante persuasivos de expansión, que se desarrolló en menos de cien años. Dados los rumores recurrentes sobre el poder inimaginable de esa religión, era necesario tener cuidado sobre los descubrimientos a su alrededor. Por eso se consideró necesaria la presencia militar.

El traje espacial de blindaje ligero y sin armamento y el descenso en una nave civil me hicieron sentir desnudo, indefenso. Pero, además, estaba descendiendo a la superficie del planeta natal de toda la Raza Humana, con una misión relacionada, según los últimos informes, con el ritual más poderoso del ser humano en toda su historia.

La excavación estaba protegida por una enorme cúpula geodésica que algunos técnicos ajustaban en el momento del aterrizaje, pero todo el equipo científico atestaba el laboratorio, reunido alrededor de una pantalla holográfica. Dos técnicos y un experto en comunicaciones trabajaban con cuidado sobre un pequeño objeto discoidal, plano y delgado, iridiscente bajo las potentes luces. Lo pusieron en la bandeja de un analizador y esperaron, expectantes. El director del equipo arqueológico apenas me saludó y miró la pantalla, retorciéndose las manos. Uno de los científicos me señaló el objeto, comentando que parecía ser un primitivo medio para almacenar información de audio y video.

An principio la pantalla sólo mostraba estática y por los altavoces surgía un ruido parecido al del agua corriente. Por fin apareció una imagen bidimensional. Reconocí el objeto que apareció como uno de los artefactos recuperados en las excavaciones. Varias personas aparecieron y comenzaron un ritual. Los historiadores y arqueólogos rieron nerviosos: era distinto de lo que habían pensado, discutido, escrito y defendido. Poco a poco nos dejamos llevar por las imágenes y por las extrañas letanías que surgían de los amplificadores: palabras en una lengua extraña, con una cadencia particular y ritmo contagioso, pronunciadas por un oficiante invisible. Muy pronto nos empezamos a sentir conectados con la danza, extraña y magnífica, que llevaban a cabo con precisión, agilidad y poder personas que vivieron antes del Cataclismo.

Nos hicimos, sin quererlo, parte del ritual, y entonces entendí el poder de una religión capaz de capturar las mentes entrenadas de científicos y guerreros a miles de años de distancia en el tiempo.

Y entonces el ritual llegó a su clímax, y, sin saber por qué, contagiado por la evidente alegría de los seres en la pantalla y de los hombres y mujeres a mi alrededor, grité con ellos y con el oficiante que, sin previo aviso, rompió la larga y extraña letanía y prorrumpió en ese grito que todos compartimos como si lo conociéramos desde siempre, como si lo lleváramos en la sangre, herencia olvidada de los ancestros terrestres. Fue un grito largo y profundo que estremeció las paredes del laboratorio y pareció silenciar hasta el furioso viento del desierto. Gritamos y el grito, compuesto por una sola palabra, nos arrancó lágrimas de alegría. Fue un solo grito, una corta palabra que estiramos hasta el infinito, un grito capaz de contener todos los gritos de combate y de victoria que alguna vez haya gritado la raza humana. Gritamos y el grito se grabó en mentes y corazones para siempre. Una sola palabra, corta e infinita, un conjuro capaz de parar el Tiempo:

 

 

 

 

¡¡¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOL!!!

 

 

Descenso
El traje espacial de blindaje ligero y sin armamento y el descenso en una nave civil me hicieron sentir desnudo, indefenso…
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