Huellas

Hace años, la primera vez que me mudé a mi apartaestudio, reporté a varios conocidos un suceso extraño y para algunos de ellos, siniestro.  En principio lo sentí así pero luego me tranquilicé.

En varias ocasiones, tras tomar una ducha caliente, pude notar que en la esquina superior derecha del espejo (que abarca casi toda una pared) se formaban las huellas de una mano muy pequeña. Como la de un niño de no más de cuatro o cinco años.

A veces era una sola. En otras ocasiones había varias huellas de diversos tamaños, todas muy pequeñas. De cuando en cuando eran débiles, pero al menos una vez era tan clara como si la manita que la creó se hubiera retirado en el instante mismo en que miré el espejo. En otras ocasiones aparecieron como si una manita mojada se hubiera apoyado en la esquina superior de la puerta del baño. Y en al menos una ocasión, apareció una huella pequeñita en el espejo del cuarto de hotel que compartí con mi pareja en un corto viaje.

Muchas cosas sucedieron en mi vida, dejé el apartamento y no volví a ver las huellas.

Pero recientemente volvieron a aparecer. En sueños, al menos, pero la experiencia fue aterradora, más por el sobresalto y el recuerdo que por las circunstancias específicas del sueño. Mi trabajo reciente con niños de seis a ocho años, el stress de esa misma labor junto con la tensión de muchas otras situaciones, lo podrían explicar.

Pero en una noche reciente la experiencia fue sobrecogedora.

No recuerdo el sueño pero tenía que ver con niños. Dos niños pequeños que no conozco. Un niño y una niña, de edades diferentes. Recuerdo perfectamente el cabello rubio y rizado de la niña, la más chica, de tres o cuatro años.

Desperté sobresaltado cuando en el sueño, en un ataque de furia, la niña me empujó con fuerza apoyándome una manita helada en la mejilla. Acabo de sufrir un escalofrío recordando.

Desperté con esa desagradable y repentina sensación de caída con que sale uno del estado onírico cuando dentro de él encuentra la muerte.

Desperté sin poderme mover durante un momento, pero con los ojos bien abiertos. A mi derecha, las luces artificiales de la calle, seis pisos abajo, filtradas por la cortina. A mi izquierda, la penumbra de la cocina y en el extremo más remoto, el rectángulo oscuro de la puerta principal. Y en mi mejilla, durante lo que pareció una eternidad – pero en realidad no más de unos segundos – la sensación clara, real, de una mano diminuta y helada, apoyada con fuerza, empujándome.

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