Ciencia Ficción en doce pársecs

Pero, ¿qué es eso de la Ciencia Ficción? En realidad no es fácil de definir, y se pueden encontrar múltiples conceptos con una sola cosa en común: ninguno es completamente satisfactorio. Ni siquiera autores de la talla de Isaac Asimov o Arthur C. Clarke la definieron de tal manera que acomodara a todos los subgéneros y temáticas.

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Isaac Asimov

El nombre nos da una pista interesante: Ciencia. Podemos empezar diciendo, entonces, que la Ciencia Ficción es “esa rama de la literatura que trata con la reacción del ser humano ante los cambios en la ciencia y la tecnología” (Asimov, “How Easy to See the Future!”, Natural History, 1975). Pero esa definición bien podría aplicarse también a algunos artículos científicos y publicaciones de difusión.

En ese orden de ideas, podríamos pasarnos toda una vida discutiendo sobre una definición adecuada para “Ciencia Ficción” (Créanme, hay académicos que lo han hecho. Aún no acaban.) sin llegar a un concepto completo, claro y conciso. Así que vamos a definirla como hace Mark Glassy, quien afirma que definir la Ciencia Ficción es como definir la Pornografía: uno no sabe qué es pero la reconoce cuando la vé.

Una vez (no muy bien) definida la Ciencia Ficción, es más fácil empezar a clasificarla. Por ejemplo, en “Suave” y “Dura”. Sí, ya estamos hablando de Ciencia Ficción, no de Pornografía. La manera más sencilla de definir ambas variables es decir que la Ciencia Ficción “Dura” es aquella en la que las matemáticas funcionan. (Max Gladstone). El problema con esa definición radica en la evolución, a veces demasiado rápida, de la ciencia y la tecnología; lo que era considerado como cierto en la época de Asimov hoy puede ser parte de teorías muy diversas y complejas… o considerado como pseudociencia. Sin embargo, es una definición que nos permite acercarnos al concepto de la Ciencia Ficción “Dura”. Por descarte, la CiFi “Suave” es aquella que, sin dejar de ser parte del género, no se preocupa tanto por la viabilidad científica de sus postulados.

Podemos, en cambio, hablar con un poco más de precisión sobre los temas de la Ciencia Ficción. Con los años, se han clasificado en cuatro grandes pilares:

-La inteligencia artificial,

que recoge los relatos acerca de la relación entre el ser humano y las máquinas “inteligentes”. Podemos encontrar los cimientos de esta construcción en la tradición judía y su mito del Golem, un ser artificial construido con barro y “programado” para ejecutar las órdenes de su constructor; una parte importante del mito tiene que ver con el hecho de que en ocasiones el golem se rebela en contra de su amo, con funestas consecuencias. Un antecedente más concreto es el relato “El Hombre de Arena”, de E.T.A. Hoffmann, publicado en 1814, y por supuesto, “Frankenstein” de Mary Shelley (1818). Es importante resaltar que el nucleo temático se refiere más a la relación creador – creación que a la tecnología usada o propuesta para dicha creación.

Algunos autores y títulos notorios en este tema son Philip K. Dick con “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” (1968); Isaac Asimov con toda una biblioteca dedicada a los robots; podemos destacar “Yo, Robot” (1950), “El hombre bicentenario” (1976) o “Los Robots de Aurora” de 1986.

-Viajar a través del Tiempo;

a diferencia del tema anterior, suele tener mucha importancia la exploración del desarrollo tecnológico necesario para la hazaña, pero también reflexiona acerca de las consecuencias de hacerlo, expresadas en el concepto de la Paradoja del Abuelo.

La historia más conocida es la que cuenta H.G. Wells en “La Máquina del Tiempo” (1895); otros títulos notables son “El Fin de la Eternidad” de Asimov (1955) y “Matadero 5” (1969) de Kurt Vonnegut.

-El Viaje Espacial,

que se pregunta qué puede encontrar el Homo sapiens al salir de nuestra querida Tierra o del Sistema Solar; suele estar entrelazado con la Ópera Espacial y permite explotar la creación de mundos de manera ilimitada. De nuevo, suele ser más importante la reflexión acerca de lo que hay “más allá” y la capacidad de adaptación del ser humano a los entornos y situaciones en mundos extraños que la ciencia y la tecnología que hacen posibles llegar hasta allá, si bien hay trabajos muy interesantes que analizan las diferencias, ventajas y desventajas de las alternativas para viajar a las estrellas; por ejemplo, centrándose en alguna de las hipótesis sobre viaje interestelar: viajar más rápido que la luz (FTL), viajar a velocidades relativistas (casi casi a la velocidad de la luz) o por medio de naves generacionales. Un trabajo seminal en el tópico fue “Huérfanos del espacio” (1941, 1963) de Robert A. Heinlein. Otro título notable es el sorprendente y divertido “El Señor de la Rueda” (1986) de Gabriel Bermúdez Castillo.

-La vida extraterrestre, por supuesto.

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Ilustración de Fheng Zu para “Starship Troopers”, de Robert Heinlein.

¿Qué pasará cuando el ser humano esté frente a frente con una forma de vida completamente diferente? Junto con el viaje espacial, es quizá el tema más icónico de la Ciencia Ficción, sobre todo porque usualmente se presentan en conjunto, puesto que el contacto extraterrestre se considera como consecuencia natural de la exploración espacial.

Un autor que ya mencionamos es también fundador de la temática; H.G. Wells con “La Guerra de los Mundos” (1897) establece muchos de los elementos que hoy se consideran como standard dentro de la Ciencia Ficción y concretamente dentro de la temática alienígena: inteligencias diferentes, superioridad tecnológica, conflictos ocasionados por la necesidad de recursos. “El Juego de Ender” (1985) de Orson Scott Card y “Starship Troopers” (1959) de Robert A. Heinlein exploran, desde visiones diferentes, las relaciones de poder entre la raza humana y especies extraterrestres con las que las diferencias parecen tan esenciales que la posibilidad de negociación está fuera de la mesa. “Robinsones del Cosmos” (1956) del francés Francis Carsac resulta una lectura fácil con propuestas interesantes acerca del Primer Contacto forzado por un cataclismo.

Claro está, ninguno de los temas suele encontrarse solo, puesto que cada uno está íntimamente entrelazado con el núcleo de los demás; al hablar de viajes FTL, por ejemplo, necesariamente salen a relucir las hipótesis de Einstein sobre los efectos de viajar más rápido que la luz y entonces algún viajero regresa a la Tierra varios siglos después de su partida para encontrarse con un paisaje poco amigable (“El planeta de los simios” de Pierre Boulle, publicado en 1963, por ejemplo).

También es posible encontrar muchos otros temas que quizá no estén relacionados de manera directa con estos cuatro; y es completamente válido y lógico cuestionarlos como “pilares”. Estamos hablando de un género literario y mediático sobre el que ni siquiera nos hemos puesto de acuerdo en una definición.

Personalmente, creo que esa es la mayor virtud de la Ciencia Ficción: sigue siendo, como en su concepción, un universo abierto. Incluso cuando creemos que todo se ha escrito sobre el tema aparecen genios como China Miéville ofreciendo alternativas y puntos de vista diferentes, o se encuentran tesoros ocultos en los rincones de las librerías de segunda mano, en forma de cómics o refundidos entre los somníferos de “Reader’s Digest” o la superficialidad de Playboy. Que uno sólo lee por los artículos, que son buenísimos casi siempre. Nada más.

Hasta ahora hemos mencionado un montón de nombres en otros idiomas; sólo un par de franceses y un español se destacan entre toda esa horda anglosajona que invade cualquier reflexión sobre la Ciencia Ficción; eso no quiere decir que sea ni escasa ni de mala calidad en otras partes del mundo. Rusia, Alemania, Italia, India son países con un nivel de producción masivo y de calidad extraordinaria. España, México, Argentina y Cuba cuentan con sus propios ejércitos de autores con visiones muy diversas, aunque muchas veces no sean accesibles en nuestro medio. Voy a mencionar el esfuerzo realizado por la autora venezolana Susana Sussmann, por ejemplo, que en medio de la crisis de su país continúa sacando adelante el proyecto “Los Forjadores”, desde donde difunde temas de Ciencia Ficción, fantasía y otros géneros.

Pero me parece más interesante cerrar con una reflexión sobre la Ciencia Ficción colombiana. Voy a hacerlo con dos nombres concretos:

El primero es, por supuesto, René Rebetez (1933 – 1999), quien no sólo le dio relevancia al género desde sus escritos sino a través de la gestión de su revista “Crononautas”, que colocó a Colombia en el espectro de la Ciencia Ficción latinoamericana.

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Rodrigo Bastidas

El otro es Rodrigo Bastidas, un escritor y académico de origen pastuso y residente habitual de Bogotá pero ciudadano del mundo que recién en 2017 publicó dos antologías de Ciencia Ficción colombiana impresas por Planeta; “Relojes que no marcan la misma hora” y “Cronómetros para el fin de los tiempos”, en los que recopila textos de autores colombianos con trabajos previos en el género pero que no son necesariamente reconocidos como escritores de Ciencia Ficción. Los libros están disponibles en Panamericana y pueden decir mucho más de lo que el tiempo hoy nos permite.

Así, hemos orbitado la Ciencia Ficción en doce pársecs, y ahora vamos a hacer lo que el género quiere hacer todo el tiempo, lo que constituye su núcleo estructural y temático: puras preguntas.

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La muerte camina desnuda

La Muerte camina desnuda;
sus pasos resuenan,
pero no me hallan.
Yo también estoy desnudo,
pero no camino.
Acabé mis pasos persiguiendo
sueños ajenos
y un alma que me prometieron
pero huyó pronto,
desamparando mi penumbra.
La Muerte camina desnuda;
sus pasos se acercan,
pero no me hallan.
Acaso desea que la persiga
pero mis pasos acabaron
persiguiendo muertes ajenas
y canciones falsas.
La Muerte, desnuda, no camina:
sus pasos murieron
persiguiendo mis pasos.

Experimento

Extravaganza gótica (III)

Serata finale

No regresaste y la soledad se convirtió en un depredador acechando desde el frío de salones y pasillos, hasta cuando entendí que no querías volver y que sólo de mí dependía ahuyentar la feroz soledad de gélidos colmillos.

Al principio quise que se parecieran a ti, tal y como un pintor que nadie recuerda había plasmado tu faz en el cuadro que conservaba sobre la chimenea; partí en largos viajes en busca del mismo reflejo de luz en el cabello, de la misma forma de los labios, del sonido de una risa o la cadencia de un llanto. No querían venir. Tuve que esforzarme para convencerlas, solo para verlas partir al poco tiempo, dejándome de nuevo sumido en la soledad, que cada noche invitaba a su amiga la locura para inventar nuevas torturas sobre mi alma.

Una de esas noches de febril pasear por recónditos recovecos de la casa, encontré el viejo libro. Estaba en el mismo estante en el que, desesperado, lo arrojé aquella noche lejana en que te negaste a responder a mis llamadas. Hojeando sus secretos horribles llegué hasta las páginas que detallaban los preparativos y los repetí con cuidado: las velas, las flores, los cánticos. Y volví a llamar, y en lugar de profanar tu hermoso nombre con mi voz reseca, las llamé a ellas.

Y ellas acudieron.

Pero la nostalgia y el terror en cuyas alas habían partido en primera instancia había regresado con ellas desde el otro lado, y una por una buscaron partir de nuevo, huyendo a la tristeza, huyendo del miedo, huyendo de mí.

Re-emprendí entonces mis viajes, mas no buscaba reemplazarte. Una idea más evolucionada tomaba forma: buscaba la perfección. Quizá como último homenaje para ti, las busqué hermosas. Y dediqué menos esfuerzo a convencerlas; en cambio, me encargué de enviarlas yo mismo en el último viaje y sólo las llamaba con los cánticos del libro una vez que sus formas inmóviles ya descansaban. Sin haberme conocido antes, estaban más dispuestas a seguirme.

Entonces el caserón vetusto se llenó de pasos, de miradas, muchas veces de llantos, pero la soledad se fue. Y aunque la felicidad partió contigo, con mis nuevas acompañantes pude fabricar un aceptable sucedáneo.

Una noche entendí que algo pasaba. Ya no deambulaban sin rumbo por los pasillos. Las encontraba sentadas, con la mirada fija –¡horror!- en el fondo de las llamas de la chimenea, o reunidas en círculo, como si hablaran en silencio entre ellas, o escucharan palabras secretas de otra voz. Empezaron a evitarme, a esconderse, y poco a poco la soledad, que creí ausente, regresó para perseguirme.

Una noche desperté con una extraña ansiedad. No estaba solo. Ellas rodeaban mi lecho. Entre sombras vi sus ojos ausentes fijos en mi rostro. Se retiraron una a una en cuanto abrí los ojos. Sin temor, sin afán, rompieron el círculo y se fueron.

Estaban todas. Y tal vez la confusión del despertar y el miedo me hicieron perder la cuenta: había una más, pero no supe entonces cuál de los rostros era el ajeno.

Durante varias noches esperé que se repitiera el fenómeno. La ansiedad me impedía el sueño y daba vueltas en mi lecho sin dormir. Y poco a poco el temor aferró garfios en mi corazón y en lugar de buscar el sueño lo temí. No volví a mis aposentos y pasaba las noches en mi estudio levemente iluminado, recurrí a oxidados conocimientos en busca de pócimas para escapar al sueño.

Fue inútil. Una madrugada desperté de repente en mi sillón, frente a una chimenea apagada y en mi estudio a oscuras, rodeado de todos los rostros blancos. Todos los rostros, más uno.

Como la vez anterior, en cuanto abrí los ojos empezaron a retirarse, despacio, como expresando la paciencia de esperar una oportunidad mejor. Me miraban y se iban. El temor creció cuando percibí una vaga sonrisa malévola en algunos de los labios pálidos. Una a una se retiraron, hasta cuando una sola quedó mirándome con intensidad. Retrocediendo paso a paso, se fundió con la pared de piedra y desapareció.

Al principio no reconocí esos ojos llenos de un odio que no entendí. El cabello no me resultaba familiar, no identifiqué la forma de los labios. Y entonces mis ojos se posaron en el retrato colocado sobre la chimenea.

En los ojos, en el reflejo de la luz en el cabello, en la delicada forma de los labios de tu retrato.

Extravaganza gótica (II)

Fuga interrotta

Cuando el viento insiste en llorar por los pasillos y ningún fuego es capaz de fundir la escarcha del alma, cuando las letras sobre una vieja página amarillenta no son más que hormigas juguetonas, inquietas; cuando el hastío del mundo insiste en alejar del mundo la mirada y empujar la mente hacia las preguntas arcanas; en medio de las noches eternas, me gusta dejar que la mirada se pierda, por ejemplo, en las volutas de un viejo capitel. Recorrer cada arista, reconocer cada volumen, aprehender cada textura y, poco a poco, despojar cada forma, grande o pequeña, de su significado. La sombra de la copa, proyectada sobre el muro de piedra por la luz de la lámpara de aceite, se convierte en una elipse truncada apoyada sobre un trapezoide que a su vez está de canto sobre un triángulo. Ya no importa que el color sanguíneo sea el producto de la luz atravesando el rojo vino y golpeando la pared gris: es simplemente un color rojizo, texturizado.

Lentamente la estancia deja de serlo y se convierte en una exposición de figuras y colores superpuestos. La perspectiva desaparece y es posible invertirla a voluntad. Las cadenas de la gravedad se rompen en fragmentos incoloros y sin esfuerzo ni movimiento estamos observando una infinita sima llena de nubes y relámpagos a través del rectángulo que otrora llamáramos ventana, recortado en el paralelepípedo gris que creía ser un muro pero no es más que una forma etérea bajo nuestro punto de observación en el cómodo techo. O podemos sumergirnos en la nostalgia de un paisaje boscoso, y convertir los árboles cuidadosamente pintados en simples manchas de verdes superpuestos que persiguen las formas orgánicas de algo que el pintor quiso que fueran ovejas, pero la mente convierte en aberturas ascendentes hacia un lejano abismo blanco.

Así pasan las horas lentas en el descubrimiento de un universo nuevo, apenas opacado por el cotidiano. Y con el tiempo ya no es necesario ningún esfuerzo; los ojos convierten el positivo en negativo y la oscuridad deja de ser la simple ausencia de luz: es una luz negativa que devora vacíos pálidos. Cada vez es más fácil perderse en las profundidades de un altorrelieve o escalar los riscos ascendentes que son los nichos de las paredes o preguntarse por el delicado patrón de líneas concéntricas, inmensas, en el interior de una cuchara de plata.

El siguiente paso lógico es el movimiento; las llamas están vivas, y noche tras noche se han convertido en mis amigas. Silencioso frente a la chimenea del estudio fijo en mi retina cada instancia de la energía móvil, aislándola, privándola de movimiento y recordando tan sólo la forma estática que tuvo en la fracción de un instante y olvidando entonces que se trataba de fuego, de calor, de luz, de vida. Río al entender que he asesinado el fuego, pero mi mente, absorta en el desquiciado experimento de la percepción, sólo pregunta, ¿qué es el fuego? No sé responder.

Una de esas noches de explorar luminosas formas muertas me sentí observado. El efecto fue tan nuevo y extraño que en principio intenté analizarlo desde los parámetros de mi nuevo estado de conciencia. Al principio ni siquiera permití que se entrometiera ningún concepto de identidad propia y por tanto ajena; mucho menos dejé que se colara en el éxtasis perceptual la idea de “observar”. Pero un destello de cordura me apuñaló con el significado de “peligro” y de la manera menos placentera volví a la realidad del gris, frío, solitario mundo cotidiano. Estaba solo en mi estudio.

Cansado, busqué el refugio de los sueños y olvidé todo.

La noche siguiente la experiencia se repitió. Creo que la esperaba, y por lo tanto, pese a la acuciosa necesidad de retirarme, de protegerme, esperé. La presencia emanaba de su centro y sentí una línea recta entre su núcleo y el mío. No estaba allí por casualidad, no exploraba ese universo anti-sémico al azar: me había encontrado. Una sensación fría creció en los bordes de mi conciencia enloquecida y la urgencia de regresar a mis percepciones habituales creció. Tenía miedo. Pero la curiosidad venció al instinto y quise saber, y para saber empecé, con cuidado, paso a paso, a dotar de significado todo aquello que había despojado del mismo. Incluida la presencia. Que dejó de ser simplemente eso y se convirtió en forma. En formas superpuestas, indescriptibles, y colores desconocidos. Con la forma empezó a construirse el sentido, el significado. . En un instante ENTENDÍ. Esa sensación nueva había sido mi propio grito de terror, seguido instantes después del dolor: el terror de ENTENDER me había hecho saltar de mi cómodo sillón de cuero, que yacía espatarrado a poca distancia, cerca del fuego que creí mi amigo, y yo había caído con violencia sobre las losas de piedra.

De inmediato apagué la chimenea y desde entonces solo ilumino mis estancias con lámparas de aceite, que evito mirar directamente y que mantengo con una luz mínima, que apago cuando la luna generosa me regala sus rayos a través de las ventanas.

Jamás volví a intentar mis experimentos de percepción, y cuando la costumbre empieza a llevar mis ojos hacia las formas puras, descartando los significados, me apresuro a ponerme en pie y a buscar un libro. A veces prefiero escribir con trazos grandes, de imprenta, de tal manera que ninguna línea especialmente orgánica adquiera una configuración especial.

Pero sé que está allí. Eso que primero intuí, luego percibí y sólo pude ENTENDER porque todo lo demás estaba, en mi mente desquiciada, desnudo de significado alguno, sigue allí, mirando, buscando desde el fondo de esas puertas luminosas de un mundo oscuro que llamamos Fuego.

Y tiene hambre.

Extravaganza gótica (I)

Preludio

No llegas. Mis pies se cansan caminando, ansiosos, sobre el suelo duro. Mis manos han perdido la sensibilidad, cruzadas, congeladas, muertas, en la inacción de la espera. Mis pasos resuenan por habitaciones y pasillos, por escaleras y salones.

He encendido velas para ti. ¿Es porque no estoy tocando la melodía que tanto amabas escuchar desde tu lecho de muerte? Entonces me sentaré de nuevo ante el viejo y querido órgano y tocaré de nuevo para ti; te llamo a través del lamento de los tubos; te espero viajando con el oscuro sonido de la nostalgia. Arañas blancas, veloces, mis manos acarician el teclado, mis pies agotados presionan los pedales. Más rápido, más alta, más triste, más ansiosa, la vieja melodía golpea en los muros de piedra, se pierde entre cortinas y tapices, escapa por troneras y chimeneas y ventanas, mezcla los tonos lastimeros con el aullido del viento y la percusión de la tormenta que se acerca.

Pero no llegas. Una fuga muere sobre el marfil mientras, la cabeza inclinada, escucho los ecos que se alejan esperando los pasos que se acercan. Nada. Sólo el espectro de un recuerdo que aún puedo perseguir por la casa, esperando verte tras una puerta, o corriendo delante de mí.

¿Es tu risa eso que suena a lo lejos, en el sótano? No. El viento nocturno ha roto un cristal. Tampoco es tu llanto amado lo que escucho: ese viento travieso juega con rendijas y aberturas.

No llegas, pero sabes que te espero. Te he llamado en largas letanías junto al fuego. Te he esperado noches interminables de frío y soledad. He gritado tu nombre, lo he susurrado, lo he soñado, como te he soñado a ti. Pero no llegas.

He ido a visitarte. Escrita de mi puño y letra te llevé la invitación para regresar, con un gran ramo de flores. Canté para ti las canciones del viejo libro y aguardé tu respuesta, pero sólo respondiste con el silencio. Esperé más, en el frío, hasta cuando el cielo compartió mi tristeza y me empapó con lágrimas heladas, pero sólo respondiste con el silencio. Pasó la lluvia y la luna llena iluminó el relieve de las letras en el mármol; esas pocas letras afortunadas que pertenecen a tu nombre hermoso, grabadas en tu lápida. Y bajo la luz de la mística Selene volví a entonar las canciones para invitarte a regresar antes de volver sobre mis pasos hacia la triste soledad de mi morada. Sabía que me habías escuchado, porque las palabras fueron las correctas.

Pero no llegas. ¿Es porque no estoy tocando la melodía que tanto amabas escuchar desde tu lecho de muerte? Entonces me sentaré de nuevo ante el viejo y querido órgano y tocaré para ti.

 

 

Huellas

Hace años, la primera vez que me mudé a mi apartaestudio, reporté a varios conocidos un suceso extraño y para algunos de ellos, siniestro.  En principio lo sentí así pero luego me tranquilicé.

En varias ocasiones, tras tomar una ducha caliente, pude notar que en la esquina superior derecha del espejo (que abarca casi toda una pared) se formaban las huellas de una mano muy pequeña. Como la de un niño de no más de cuatro o cinco años.

A veces era una sola. En otras ocasiones había varias huellas de diversos tamaños, todas muy pequeñas. De cuando en cuando eran débiles, pero al menos una vez era tan clara como si la manita que la creó se hubiera retirado en el instante mismo en que miré el espejo. En otras ocasiones aparecieron como si una manita mojada se hubiera apoyado en la esquina superior de la puerta del baño. Y en al menos una ocasión, apareció una huella pequeñita en el espejo del cuarto de hotel que compartí con mi pareja en un corto viaje.

Muchas cosas sucedieron en mi vida, dejé el apartamento y no volví a ver las huellas.

Pero recientemente volvieron a aparecer. En sueños, al menos, pero la experiencia fue aterradora, más por el sobresalto y el recuerdo que por las circunstancias específicas del sueño. Mi trabajo reciente con niños de seis a ocho años, el stress de esa misma labor junto con la tensión de muchas otras situaciones, lo podrían explicar.

Pero en una noche reciente la experiencia fue sobrecogedora.

No recuerdo el sueño pero tenía que ver con niños. Dos niños pequeños que no conozco. Un niño y una niña, de edades diferentes. Recuerdo perfectamente el cabello rubio y rizado de la niña, la más chica, de tres o cuatro años.

Desperté sobresaltado cuando en el sueño, en un ataque de furia, la niña me empujó con fuerza apoyándome una manita helada en la mejilla. Acabo de sufrir un escalofrío recordando.

Desperté con esa desagradable y repentina sensación de caída con que sale uno del estado onírico cuando dentro de él encuentra la muerte.

Desperté sin poderme mover durante un momento, pero con los ojos bien abiertos. A mi derecha, las luces artificiales de la calle, seis pisos abajo, filtradas por la cortina. A mi izquierda, la penumbra de la cocina y en el extremo más remoto, el rectángulo oscuro de la puerta principal. Y en mi mejilla, durante lo que pareció una eternidad – pero en realidad no más de unos segundos – la sensación clara, real, de una mano diminuta y helada, apoyada con fuerza, empujándome.

Melodías desde el futuro y las estrellas

Ciencia Ficción y Música

“He visto cosas que ustedes nunca hubieran podido imaginar; naves de combate en llamas en el hombro de Orión. He visto relámpagos resplandeciendo en la oscuridad cerca de la entrada de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán… en el tiempo… igual que lágrimas… en la lluvia. Llegó la hora de morir”. –Roy Batty

Se apagan las luces, dando paso a un tenso silencio en la sala. Un solo rótulo azul aparece en la pantalla. “Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana…”. Tambores y vientos inician una fanfarria y un texto que se aleja cuenta la historia.

Pasarían muchos años antes de darme cuenta de que ese texto era una herencia de las películas de Flash Gordon en los años 30 y que Obi Wan Kenobi y Luke Skywalker y Han Solo no eran más que nuevas encarnaciones de Merlin y Arturo y Loki, y que la música que me había pegado al asiento con más fuerza que la visión de la nave espacial interminable pasando sobre mi cabeza era una reinterpretación de Wagner y Beethoven. Para mí era suficiente la magnificencia de esos vientos y los leit motifs y la fanfarria de La Fuerza cuando las naves rebeldes se lanzan al ataque de la Estrella de la Muerte…

Ese día de 1978, para mí, comenzó un viaje con muchas ramificaciones. A través del cine, ese mundo mágico capaz de arrastrarnos fuera de la cotidianidad hacia tantos mundos maravillosos. En busca de la fantasía y la ciencia ficción, en los libros en primera instancia y en cualquier medio que los presentara. Muchos mundos, mucha magia, mucha felicidad. Y por la Música. La banda sonora de Star Wars, poco después de Star Trek: The Motion Picture y de la serie de TV Battlestar Galactica me abrieron las puertas al maravilloso mundo – o mejor, a la multitud de mundos mágicos – de Holst y Bach y Haendel y, cuando tuve mayor disponibilidad de medios, a Williams, McNeely, Elfman, Zimmer.

Al escuchar las bandas sonoras de manera independiente, entendí que una buena película no es una amalgama de rígidos principios cinematográficos ajustados a las normas establecidas por autores teóricos que en su vida tuvieron una cámara en sus manos, sino un delicado entretejido de elementos visuales, conceptuales y sonoros. Aprendí que un director de cine es, en efecto, un artista, por cuanto su labor se acerca mucho más a la del pintor expresionista que a la del meticuloso científico que debe preparar previamente cada uno de sus instrumentos.

Vamos a realizar un breve recorrido por las películas y series de TV que me enseñaron sobre Ciencia Ficción, sobre buenas historias y sobre buena música y cómo combinarlo todo.


Cómo una historia clásica reciclada y recontextualizada se ganó millones de corazones en el mundo es bien sabido. Star Wars no sólo constituyó el punto de quiebre en la voluntad de los productores acerca de la viabilidad de la Ciencia Ficción sino el renacimiento de la banda sonora como un género completo e independiente de la música orquestal –pero, además, como un ingrediente indispensable para la buena narrativa cinematográfica. Ingrediente del que se ha abusado y que ahora poco tiene para entregar, con muy contadas excepciones.

A nivel cinematográfico, Star Wars cuenta con aguerridos defensores y radicales detractores, y en ambos bandos los argumentos pueden ser válidos. Lo único cierto es que su combinación de contexto exótico, historia simple, personajes accesibles y música impactante constituye un buen ejemplo de cómo se puede obtener un buen plato con ingredientes promedio. Como la leyenda del origen de las papitas a la francesa.

Vamos a escuchar tres instancias de la banda sonora de Star Wars.

Primero, por supuesto, el tema central de la franquicia, compuesto por John Williams para la película original de 1977. La interpretación original es de la Orquesta Sinfónica de Londres bajo la batuta del propio compositor, John Williams. Pero la que vamos a disfrutar a continuación es una interpretación de la Orquesta Filarmónica de Viena, dirigida por Franz Welser-Möst, dentro del Concierto de Verano llevado a cabo en 2010 en los jardines del Palacio Schönbrunn.

La pieza está compuesta para acompañar las escenas iniciales de la película y tras el icónico texto introductorio, asistimos a una dramática persecución de una fragata coreliana por parte de un imponente destructor imperial. La versión para concierto incluye también leit motifs que posteriormente John Williams desarrollaría con mayor profundidad para Obi Wan Kenobi, la Princesa Leia y La Fuerza.

Escucharemos ahora, como parte del mismo Concierto de Verano en Viena, La Marcha Imperial, compuesta por John Williams para la segunda y más exitosa película de la franquicia: El Imperio Contraataca, de 1980, dirigida por el magistral Irvin Kershner.

Con elementos claramente prestados de “Marte” de Holst, La Marcha Imperial es la presentación total y sin ambajes de un Imperio Galáctico en la cúspide de su poderío bajo el dominio del Lado Oscuro de la Fuerza. Las alusiones militares van muy de la mano con un tono oscuro y dominante que quita el aliento y elimina toda esperanza de libertad. Exactamente como lo haría presenciar el arribo de una flota de Destructores Estelares con su escolta de incontables cazas TIE y transportes de tropas llevando letales escuadrones de stormtroopers a la conquista.

Tras el éxito de la trilogía original, George Lucas se tomó veinte años para retomar el trabajo, pero para ese entonces él estaba ya convertido en viva imagen del Imperio que en las primeras películas usó para criticar el dominio de las grandes productoras. La nueva trilogía puede haber sido un éxito en taquilla pero el resultado no es satisfactorio. Solo uno de los ingredientes originales siguió trabajando como se esperaba de él o mucho mejor: la música.

Vamos a escuchar otra composición de John Williams, esta vez para La Amenaza Fantasma, de 1999. Se llama Duelo de Destinos y la escucharemos de la mano del director Diego Navarro, interpretada por la Orquesta y Coro Cinematográficos de Tenerife durante el Festival Internacional de Música para Cine de Tenerife en 2008.

Duel of the Fates es el crecimiento del mal, la expansión de la Oscuridad desde su escondite milenario mientras poco a poco contamina una República Galáctica en apariencia próspera y pacífica.

Por supuesto, el éxito de la trilogía original de Star Wars generó sinfín de imitaciones, clones y trabajos derivativos. Uno de los más interesantes es Battlestar Galactica, una serie de TV de 1980 que se permitió una clara influencia argumental y estética pero que llegó a crear su propia base de aficionados y su propia mitología.

Vamos a escuchar la majestuosa introducción que identificó a la serie durante su efímera pero brillante carrera televisiva. Compuesta y dirigida por Stu Phillips, interpretada por la Orquesta Filarmónica de Los Angeles.

Las Doce Colonias, tras una guerra de mil años con los Cylones, ven una luz de esperanza en las conversaciones de paz que se celebran a bordo de la Astronave Atlantia. Pronto, dos pilotos coloniales descubren que se trata de una trampa e intentan avisar a la nave Galactica, pero es demasiado tarde.

Reuniendo una abigarrada flota de supervivientes, el Comandante Adama guía a los desesperados restos de la raza humana en busca de su última esperanza, la décimotercera colonia. La Tierra.

En 2004, una miniserie marcó el renacimiento de la franquicia Galactica, dando paso a una serie de cuatro temporadas, otra serie no tan exitosa (Caprica) y varias películas para televisión.

Para este reboot, los productores Ronald D. Moore y David Eick se ocuparon de recrear la historia para hacerla más oscura, dramática, profunda y orientada hacia los personajes, alejándola del concepto de Ópera Espacial que caracterizaba la serie original. La música también fue pensada con los mismos objetivos, alejándose de la majestuosa introducción de 1980 y aportando al ominoso ambiente desesperanzado de la serie, como veremos en la siguiente interpretación de la Orquesta de Battlestar Galactica en la Casa del Blues de Chicago. Dirige el compositor Bear McCreary; la bella Tina Guo (conocida por el intenso leit motif de Wonder Woman) en el cello.

Otro detalle interesante del trabajo de Bear McCreary para Galactica radica en el uso de melodías conocidas, recontextualizadas en un entorno completamente ajeno, en el que quizá no podrían haber existido, reforzando la premisa básica de la serie: “Todo ha ocurrido antes, todo volverá a ocurrir”. Ese concepto se refleja muy bien en la versión que McCreary hizo del clásico de Bob Dylan All along the watchtower, interpretado aquí por el propio McCreary junto con la actriz Katee Sackhoff, que interpreta a la piloto Starbuck en la serie.

Starbuck, obsesionada con una profecía según la cual ella sería la causa de la muerte de todos, intenta exorcizar sus demonios a través de la música junto con el espectro de su padre. La melodía que interpreta es de alguna manera conocida para otros tripulantes de la Galactica.

Con el éxito de Battlestar Galactica en 1980, los realizadores se dieron cuenta de que a través del nicho de mercado y de la tecnología desarrollada para Star Wars se podrían revitalizar viejos títulos, y Star Trek estuvo en la primera línea.

La serie ya se había ganado un puesto propio y muy justificado como serie de culto, pese a haber sido creada por un libretista de Westerns.

Vamos a escuchar apartes de las bandas sonoras usadas tanto en TV como en cine, interpretados por la Orquesta Sinfónica Nacional Danesa.

Star Trek: La Película desempolvó la franquicia, renovó la nave y empezó a crear conciencia sobre los efectos del envejecimiento en los fanáticos que notaron que los uniformes ya no le sentaban tan bien a William Shatner ni las minifaldas a Nichelle Nichols, pero logró, también, poner de nuevo la franquicia en las mentes de los aficionados.

 

Una banda sonora de la franquicia que definitivamente vale la pena escuchar es la que corresponde a una de las mejores películas en toda la saga. Primer Contacto, de 1996, dirigida por Jonathan Frakes; la música es de Jerry y Joel Goldsmith.

Finalmente, la amenaza Borg ha llegado a la Tierra y solo un esfuerzo supremo por parte de la Flota Estelar es capaz de destruir a los atacantes. Pero ante la derrota cierta, los Borg lanzan un nuevo ataque, esta vez al pasado del planeta.

La era de los reboots no ignoró el potencial de Star Trek y en 2009 J.J. Abrams, reconocido por su trabajo previo en la serie de TV Lost, dirigía su propia –y excelente– versión de la misión de la Enterprise. La música, a cargo de Michael Giacchino (y de la que hay un extracto en el medley inicial), refleja la nueva y fresca visión de Abrams homenajeando a un tiempo la música de las instancias clásicas.

Y mientras la producción americana dominaba el mercado televisivo y cinematográfico, los británicos, sin muchas pretensiones pero con mayores estándares de calidad argumental mantenían a su propia teleaudiencia sumergida en las aventuras de un Amo del Tiempo perdido en la Tierra.

Harlan Ellison, uno de los escritores de Ciencia Ficción más influyentes de la historia y uno de los pocos que aún sobreviven de entre los verdaderos padres del género, ha llamado a Doctor Who la “más grande serie de Ciencia Ficción de todos los tiempos.” Y tiene buenas razones para afirmarlo.

Doctor Who también tiene el honor de ser la serie de Ciencia Ficción más antigua en la Televisión mundial: está al aire desde 1963 y, aunque fuera del aire algo más de una década, tras su renacimiento en 2005 se ha convertido en un fenómeno mediático de gran reconocimiento e impacto entre el público de todas las edades, condiciones y nacionalidades. Es una serie capaz de encantar y subyugar tanto a los aficionados a la serie clásica como a los televidentes más jóvenes. Aventura, romance, y mucha sabiduría en episodios semanales de una hora que nos relatan historias de miles de años.

Vamos a acercarnos un poco al Doctor a través de tres temas. El primero es su leit motif clásico, el que ha identificado la serie. Compuesto por el australiano Ron Grainer y realizado originalmente por Delia Derbyshire en 1963, es la primera banda sonora para televisión realizada con música electrónica.

A continuación, una pieza más contemporánea. Escrita por el compositor británico Murray Gold para la más reciente encarnación del Doctor en 2008 e interpretada por la Orquesta Sinfónica de la BBC, Yo soy el Doctor. La interpretación es parte de los “proms” que la BBC realiza anualmente para acercar el arte al público y es tomada del concierto en vivo en 2013.

Uno de los atractivos de Doctor Who radica en lo exótico de los lugares que visita y de las criaturas que los habitan. Daleks, Cybermen, Judoons, Ángeles Llorones, se han convertido en parte del imaginario colectivo de la Ciencia Ficción hasta el punto de compartir popularidad con Darth Vader, los cylones o los Klingon. Murray Gold logra atrapar esa sensación de permanente maravilla y peligro inminente en Todas las extrañas, extrañas criaturas.

También en las islas británicas se generó otro de los títulos icónicos en la Ciencia Ficción. Douglas Adams logró ese delicado equilibrio entre una buena historia y un excelente sentido del humor que los americanos jamás han conseguido. Desde la serie para radio, pasando por los libros y hasta la serie de TV de los 80 y la película de 2005, La Guía del Autoestopista Galáctico ha creado sus propios paradigmas con la fuerza de un motor de Improbabilidad.

Vamos a escuchar la pieza introductoria de la película de 2005, Adiós y gracias por el pescado. La música es original de Joby Talbot y la narración es en la voz fantástica de Stephen Fry.

Otra saga cinematográfica de gran impacto y con una excelente banda sonora sigue los pasos de otro Doctor a través del tiempo, esta vez a bordo de un De Lorean.

Vamos a escuchar la espectacular interpretación de una suite de Volver al Futuro, dirigida por su compositor, Alan Silvestri, en el concierto Hollywood en Viena, en 2011. Interpreta la Orquesta Radiofónica de Viena.

Marty McFly y Doc Brown viajan en el tiempo para intentar arreglar los errores cometidos por ellos mismos… por viajar en el tiempo en primera instancia.

Las tecnologías de gráficos computarizados facilitaron y abarataron la producción cinematográfica, haciendo posible la realización de historias que antes hubieran sido o bien excesivamente costosas – o excesivamente ridículas. Los años 90 fueron el momento de empezar a ver esas superproducciones, dentro de las cuales se pueden destacar algunas gemas.

Jurassic Park, de 1993, muestra dinosaurios como nunca antes se habían visto en el cine. Y pese a que su aparición en pantalla es ridículamente corta, son protagonistas estupendos. La música es compuesta por John Williams, a quien veremos a continuación dirigiendo la Boston Pops Orchestra.

La televisión también se benefició de la nueva capacidad creativa de las nuevas tecnologías, permitiendo la creación de nuevos títulos y mitologías.

En 1994 Roland Emmerich lanza una de sus mejores películas hasta el momento, Stargate, abriendo la Puerta de las Estrellas a una franquicia de más de una década y cuatro series de TV con calidades y suertes diversas.

La banda sonora de Stargate se convirtió en otro de esos sonidos icónicos de la aventura; el tema central de la película, compuesto por David Arnold y dirigido por la Sinfonia de Londres bajo la dirección de Nicholas Dodd, fue reutilizado para la exitosa serie de televisión Stargate SG-1, con diez temporadas al aire desde su debut en 1997. Vamos a disfrutar la Suite de Stargate, según la interpretación de la Orquesta Filarmonía y el Coro Zyriab. Dirige Pascual Osa durante el IV Congreso Internacional de Música de Cine “Ciudad de Úbeda”, julio de 2007.

El Coronel Jack O’Neil y el Doctor Jackson encabezan una misión a través de la misteriosa Puerta de las Estrellas para explorar un lejano planeta en el que deben enfrentar al poderoso Ra y liberar una civilización completa de sus cadenas.

La serie SG-1 generó una inmensa base de fanáticos y tres series derivadas; la animada Infinities, Stargate Atlantis y Universe, de corta duración, junto con dos películas para TV que completan la historia de la serie.

La banda sonora de Atlantis es de especial belleza, pues reproduce el sentimiento de admiración por las cosas extrañas, de aventura y peligro. Es compuesta por Joel Goldsmith.

La Doctora Elizabeth Weir dirige una nueva expedición a través de la Puerta de las Estrellas a la Ciudad Perdida de Atlantis, en la Galaxia Pegasus. Podría ser un viaje sin retorno dados los inmensos requerimientos de energía para el agujero de gusano, pero, además, la Galaxia Pegasus está bajo el dominio de una raza vampírica conocida como los Wraith, que el Teniente Shepard despierta accidentalmente de su hibernación, lanzando la ciudad a una guerra sin cuartel.

Basil Poledouris es el compositor responsable de algunas de las bandas sonoras más reconocibles y hermosas; la música de Conan el Bárbaro (1982) constituye, incluso para quienes no aprecian la película, una experiencia sonora inolvidable; el autor greco-americano también dejó huella indeleble en la ciencia ficción con la música de Robocop (1987) y la majestuosa obertura que escucharemos a continuación, compuesta para la adaptación cinematográfica de “Starship Troopers”, un libro clásico de Robert Heinlein que Paul Verhoeven intentó destrozar en 1997.

Japón también ha tenido su cuota de producciones interesantes, y no sólo a través del Anime. Vamos a escuchar la banda sonora de Space Battleship Yamato, excelente película de 2010 basada en el manga y anime del mismo nombre de 1977. La película es dirigida por Takashi Yamazaki, la banda sonora compuesta y dirigida por Naoki Sato e Hiroshi Miyagawa.

Algunos nombres nuevos en la escena de las bandas sonoras han resultado de especial impacto. Escucharemos a continuación el tema central de Transformers, de Michael Bay, compuesta Steve Jablonsky – y posiblemente lo mejor de una franquicia francamente… Michael Bay.

Aquí, interpretada en concierto en vivo en la Catedral de San Smolny, en San Petersburgo, Rusia. Dirige Igor Ponomarenko.

Regresamos a Amerika para escuchar una banda sonora espectacular a través de un medio ligeramente diferente. Daft Punk hizo un trabajo excelente con la música para el remake de Tron.

Cloud Atlas es una historia hecha de historias. Una sola historia entretejida a través de las eras, y su hilo conductor es la música. Vamos a escuchar el Sexteto del Atlas de las Nubes para Orquesta, compuesto por Tom Tykwer, Johnny Klimek, Reinhold Heil y Gene Pritsker.

Ramin Djawadi se ha forjado un nombre bastante prominente a través de bandas sonoras espectaculares como la de Iron Man y la de la serie de TV Juego de Tronos; escucharemos su composición central para Pacific Rim, la visión de Guillermo del Toro sobre robots gigantes, acompañando la orquesta con la guitarra de Tom Morello.

Hans Zimmer  no requiere presentación, y pese a su costumbre de reciclar fragmentos de música o incluso temas completos, sus bandas sonoras son reconocibles y geniales en más de veinte años de trabajo. Él es el compositor de la banda sonora que refuerza el sentido de lo maravilloso, lo extraño y lo desconocido en una de las películas más impactantes de un director prolífico y exitoso: Christopher Nolan nos lanza a un viaje Interestelar. Interpreta la Orquesta Sinfónica Nacional Danesa bajo la batuta de Antony Hermus.

El viaje de la Ciencia Ficción es interminable. Nos permite mirar hacia el pasado, hacia el futuro; nos lleva a nuestro interior y cuestiona nuestro lugar en el Universo, y nos hace preguntar si somos Dios, o si solo jugamos a serlo intentando crear para destruirnos.

Con esas preguntas, dejaremos la puerta abierta con la composición que Vangelis realizó para Blade Runner (Ridley Scott, 1982). De nuevo disfrutamos del impresionante sonido de la Orquesta Sinfónica Nacional Danesa dirigida por Rory McDonald.

“Live long and prosper” –Mr. Spock.

 


Si quiere disfrutar de toda la música sin necesidad del carretazo, aquí está la lista de reproducción:

Un poco de fuego

La lluvia ha dejado nubes dispersas sobre las cordilleras lejanas, y el viento golpea con fuerza, trayendo mensajes helados desde las laderas del Raumainoron. La ciudad está silenciosa, apenas recuperando el aliento tras una tarde de lluvia dura e inclemente. Camino rápido, buscando los espacios libres de construcciones desde los cuales puedo ver el mar de niebla… las nubes exhaustas, recostadas en los valles, y las montañas en el horizonte surgiendo como islas tras las cuales se oculta el sol en medio de una fiesta ígnea.

Mientras camino por las calles de Tol Hssiërenna, mi mente vaga lejos en el tiempo y en el espacio. Los pasos de mi imaginación me llevan al campo de batalla, y mi corazón se encoge cuando miro los despojos de la guerra. Un gran Rey acaba de perecer ante mis ojos, tras un combate glorioso que habrá de quedar en las canciones para siempre. Y una Dama de cabellos dorados ha realizado, con la ayuda de alguien inimaginable, una hazaña superior a las realizadas por grandes guerreros de generaciones anteriores.

Ya ha pasado el momento de la gloria y el terror, de las hazañas y las matanzas. Sólo quedan sobre el campo cuerpos sin vida de hombres y bestias y monstruos horrendos, y la tristeza y la desesperación llenan el alma de los supervivientes testigos de la muerte.

Lo peor es saber que a pesar de la victoria – comprada al costo de muchas vidas – la Guerra continúa, y que aunque en las crónicas y canciones los hechos de armas parezcan bellos y grandiosos, todo se reduce siempre a lo mismo: sangre y muerte, y el dolor profundo y sordo y eterno por los que no volveremos a ver. Pienso entonces en nuestra guerra, la de nuestro propio mundo, una guerra donde no caben héroes ni grandes hechos, en la que los contendores no saben por qué pelean… ni pueden aspirar al honor de una lucha justa. Y es una Guerra que no acaba nunca, que no tiene campos de batalla. Una guerra donde no hay una imagen terrorífica a la cual temer y odiar y derrotar porque ni siquiera sabemos quiénes son los verdaderos enemigos, y mucho menos sus aliados… A medida que el sol se hunde bajo el Mar de la Niebla, siento que el fuego se extingue en mi interior. Llega la noche y con ella la desesperanza. Hoy, mi ciudad disfruta de paz – al menos hasta donde puedo ver y escuchar – pero sé que en algún lugar alguien discurre la muerte de otros. Y la esperanza sigue el camino trazado por la Doncella del Sol y se pierde con el ocaso.

Hay alguien junto a mi. Viste un largo gabán gris, algo raído, y un sombrero de fieltro, de ala ancha y del mismo color del gabán. Cuando lo miro, me devuelve la mirada con unos ojos grandes y ardientes bajo las espesas cejas blancas y una sonrisa enigmática apenas vislumbrada bajo las largas barbas níveas.

-Buena tarde- le saludo.

-¿Está usted deseándome que tenga una buena tarde, o implica que la tarde ha sido buena a pesar de mi presencia…?

Lo miro extrañado. Esa respuesta debería, dado mi estado de ánimo, impulsarme a una agria despedida. Pero en esa voz profunda hay sabiduría, incluso en las palabras extrañas.

-En realidad, no ha sido una buena tarde para mí…

-¿Un poco de fuego?- De alguna parte ha sacado una larga y curiosa pipa de barro. Le alcanzo mi encendedor y un momento después la pipa desprende un aromático humo que el extraño aspira con satisfacción para después devolverlo al aire en perfectos aros que se disuelven en la brisa.

-Fue un hermoso atardecer. Uno de los más bellos que he visto jamás.- Y continúa con un guiño de complicidad que me hace sentir familiar, en confianza, como si lo conociera de siempre. -y he visto muchos atardeces…

A pesar de las pocas palabras que cruzamos, siento que su sola presencia me conforta, y mi ánimo empieza a cambiar.

Le extiendo mi mano mientras pronuncio mi nombre. Él se queda mirándome sin entender, y luego ríe.

-Supongo que es usted, entonces. Pero eso ya lo sabía. ¿Usted lo sabía?- Su risa es profunda y franca.

-Bueno, ya ha terminado el atardecer. Ha sido una buena tarde.- Se toca el ala del sombrero a guisa de despedida y empieza a alejarse, con la pipa en los labios, tarareando una canción que nunca he escuchado pero que también me parece familiar.

Muy cerca, dos niños ríen con esas carcajadas frescas y luminosas que uno pierde cuando empieza a pensar mucho y a imaginar poco. Una pareja de novios pasa por mi lado, riendo también, con amor en los ojos. Y de pronto me doy cuenta de que los tristes pensamientos sobre la guerra y la muerte han desaparecido… y adentro, muy adentro, siento una llamita, pequeña pero cálida y brillante. Me pregunto si el extraño, al decir “¿Un poco de fuego?”, estaría ofreciéndomelo en lugar de pedirme un mundano encendedor que, presiento, no necesitaba en absoluto.

Viéndolo alejarse con rápidas zancadas que hacen ondear los faldones del gabán gris, no puedo evitar una carcajada. No es un extraño.

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Ritos ancestrales

Aproximarse a la Estación Orbital Cero es una experiencia asombrosa y aterradora. Es casi tan grande como la Luna antes de que el Cataclismo arrojara sus fragmentos sobre la Tierra, destruyendo la biósfera. La sensación de vértigo cuando el transbordador entra en el campo gravitacional del satélite artificial, y la conciencia de que la mole desértica que orbita es el origen de los viajes espaciales que permitieron colonizar el Sistema Solar y fundar un Imperio humano del tamaño de una galaxia…

Nunca había contemplado la Madre Tierra hasta cuando, como recompensa a una brillante (y violenta) carrera militar, el Imperio me asignó una nueva misión como Agregado Militar del equipo de científicos en la superficie del planeta.

Los investigadores hallaron evidencias de una forma de culto muy extendida en la civilización pre-cataclísmica, además de las 273 sobre las cuales se ha logrado reconstruir un cuadro histórico y social completo. Lo curioso de la “nueva” forma religiosa es su extraordinario alcance: objetos rituales y centros de reunión pululan alrededor de todo el globo, aparentemente mezclados con muestras de otros sistemas de creencias en un sincretismo curioso y difícil de entender.

Sus templos tenían una extensión muy superior a la de otros centros espirituales, y el culto tuvo medios bastante persuasivos de expansión, que se desarrolló en menos de cien años. Dados los rumores recurrentes sobre el poder inimaginable de esa religión, era necesario tener cuidado sobre los descubrimientos a su alrededor. Por eso se consideró necesaria la presencia militar.

El traje espacial de blindaje ligero y sin armamento y el descenso en una nave civil me hicieron sentir desnudo, indefenso. Pero, además, estaba descendiendo a la superficie del planeta natal de toda la Raza Humana, con una misión relacionada, según los últimos informes, con el ritual más poderoso del ser humano en toda su historia.

La excavación estaba protegida por una enorme cúpula geodésica que algunos técnicos ajustaban en el momento del aterrizaje, pero todo el equipo científico atestaba el laboratorio, reunido alrededor de una pantalla holográfica. Dos técnicos y un experto en comunicaciones trabajaban con cuidado sobre un pequeño objeto discoidal, plano y delgado, iridiscente bajo las potentes luces. Lo pusieron en la bandeja de un analizador y esperaron, expectantes. El director del equipo arqueológico apenas me saludó y miró la pantalla, retorciéndose las manos. Uno de los científicos me señaló el objeto, comentando que parecía ser un primitivo medio para almacenar información de audio y video.

An principio la pantalla sólo mostraba estática y por los altavoces surgía un ruido parecido al del agua corriente. Por fin apareció una imagen bidimensional. Reconocí el objeto que apareció como uno de los artefactos recuperados en las excavaciones. Varias personas aparecieron y comenzaron un ritual. Los historiadores y arqueólogos rieron nerviosos: era distinto de lo que habían pensado, discutido, escrito y defendido. Poco a poco nos dejamos llevar por las imágenes y por las extrañas letanías que surgían de los amplificadores: palabras en una lengua extraña, con una cadencia particular y ritmo contagioso, pronunciadas por un oficiante invisible. Muy pronto nos empezamos a sentir conectados con la danza, extraña y magnífica, que llevaban a cabo con precisión, agilidad y poder personas que vivieron antes del Cataclismo.

Nos hicimos, sin quererlo, parte del ritual, y entonces entendí el poder de una religión capaz de capturar las mentes entrenadas de científicos y guerreros a miles de años de distancia en el tiempo.

Y entonces el ritual llegó a su clímax, y, sin saber por qué, contagiado por la evidente alegría de los seres en la pantalla y de los hombres y mujeres a mi alrededor, grité con ellos y con el oficiante que, sin previo aviso, rompió la larga y extraña letanía y prorrumpió en ese grito que todos compartimos como si lo conociéramos desde siempre, como si lo lleváramos en la sangre, herencia olvidada de los ancestros terrestres. Fue un grito largo y profundo que estremeció las paredes del laboratorio y pareció silenciar hasta el furioso viento del desierto. Gritamos y el grito, compuesto por una sola palabra, nos arrancó lágrimas de alegría. Fue un solo grito, una corta palabra que estiramos hasta el infinito, un grito capaz de contener todos los gritos de combate y de victoria que alguna vez haya gritado la raza humana. Gritamos y el grito se grabó en mentes y corazones para siempre. Una sola palabra, corta e infinita, un conjuro capaz de parar el Tiempo:

 

 

 

 

¡¡¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOL!!!

 

 

Descenso
El traje espacial de blindaje ligero y sin armamento y el descenso en una nave civil me hicieron sentir desnudo, indefenso…

Recuerdos oscuros

Como funcionario público, tuve que visitar sitios donde se estaban demoliendo viejas edificaciones para vigilar la preservación de bienes inmuebles de valor cultural. Una de las visitas me resultó impactante.

Era una casa extensa, elegante, con una distribución excelente y bellos acabados en madera, y fue construida en un solo nivel pues entre sus habitantes originales había una persona con cierta limitación motriz. Una rápida investigación en la oficina me permitió constatar que había sido construida a finales de los años sesenta.

Los ancestros hubieran dicho que sobre los propietarios pesaba el mal de ojo; durante los diez o quince años en que habitaron la casa, además de algunas muertes prematuras en la familia, resultó que el patriarca tenía viejas y oscuras deudas y fue asesinado ante su propia puerta. Tras el funeral, la viuda huyó y pereció poco después en un truculento accidente de tráfico en otra ciudad. Los herederos de la familia, ya casados y con hijos, se enfrascaron en una violenta disputa sobre la herencia que terminó en la muerte de uno y el encarcelamiento del otro, asesinado poco después en prisión. La casa fue vendida a principios de los años ochenta a una prestante familia que la disfrutó durante poco menos de seis años.

Tras conocer la historia de la casa y recordar por qué me había impactado su demolición, me pasé un sábado completo excavando entre viejos documentos en busca de cierto manuscrito. Aún no encuentro las páginas primera y última de las seis mecanografiadas. Pero las cuatro restantes han sido suficientes para refrescar mi memoria y darme cuenta de que aún hoy, después de casi veinte años, el horror de la experiencia sigue vivo en mi interior. Aparte de esas escasas y maltratadas hojas hay pocas evidencias. La única fotografía muestra un muro que podría estar en cualquier parte del mundo. Creo que ni siquiera se trata de una fotografía: tal vez haya sido un accidente con el disparador de la cámara. La cinta magnetofónica fue destruida. Y la casa ha sido demolida: hoy el lote está ocupado por un moderno edificio de apartamentos.


Comenzaba 1989. Había alcanzado el grado de bachiller académico el año anterior y me encontraba sin saber qué sería de mi vida. Había dejado pasar las fechas de inscripción en las universidades y estaba en unas largas vacaciones de seis meses; cuando uno tiene diecisiete años eso es algo maravilloso. Y para pasar el tiempo me vinculé a un periódico estudiantil para el que creé una sección de “fenómenos paranormales”.

Uno de los integrantes del periódico me puso en contacto con la familia que en ese entonces poseía la casa, aunque no la habitaban desde hacía tres o cuatro años. Tampoco se habían decidido a venderla o alquilarla. El muchacho con el que hablé, y al que llamaré Pablo, me confesó que las ofertas que les habían hecho eran bastante tentadoras pero provenían de personas con antecedentes dudosos, así que estaban indecisos.

Pablo no quiso ser específico respecto a los incidentes concretos que habían llevado a la decisión de abandonar la casa dejando el mobiliario intacto. Sólo me habló de incidentes aislados: un sillón que se movía por sí mismo de manera brusca y espasmódica, un equipo de sonido que se encendía a todo volumen a las horas más intempestivas aún cuando estuviera desconectado, ciertos ruidos ominosos…

Decidí desafiar mi coraje y pasar una noche en la casa para entregar un excelente relato de primera mano en el periódico. Claro, mi osadía no llegaba al extremo de pasar la noche SOLO en esa casa, así que lo planeé todo con otro de los chicos del periódico… que una hora antes de la cita me llamó para excusarse con alguna tontería. Poco después Luisa Fernanda, una morena menuda y preciosa que hacía parte del equipo editorial, me llamó para sugerirme que desistiera, y mis hormonas adolescentes decidieron demostrarle que no era ningún cobarde.

Pablo me miró como a punto de salir corriendo cuando le confirmé que iba a estar solo. Pero no intentó disuadirme. Me condujo a la que solía ser su propia habitación, al fondo de la casa y con una gran ventana que daba al patio de casi media hectárea y cuyas plantas ya estaban en estado salvaje por falta de mantenimiento. Antes de irse, me sugirió que mantuviera las cortinas corridas y que pasara lo que pasara no abriera la puerta del cuarto. Y se fue antes de que cayera la noche.

Yo iba armado con mi vieja cámara Kodak 110, una grabadora de periodista, un cuaderno y un par de lapiceros. Y, por supuesto, un buen libro.

Cuando llegaron las ocho de la noche sin novedad empecé a decepcionarme un poco. Por supuesto, yo estaba esperando una espectacular exhibición de efectos especiales por el estilo de Poltergeist. Pero la realidad no suele ser tan espectacular. La realidad no suele consistir en cosas que uno pueda VER. Y, la mayoría de las veces, los fenómenos paranormales son percibidos a través de los menos usados de nuestros sentidos. Eso es lo peor.

A eso de las nueve noté que la puerta del armario empotrado – una puerta corrediza – estaba abierta. Sin poder decir a ciencia cierta si al llegar estaba cerrada, me limité a cerrarla. El ruido fue estruendoso cuando la hice deslizar. Pero la dejé bien cerrada.

Una hora más tarde, levanté como por casualidad la vista del libro, y estaba de nuevo abierta. Nunca escuché que se abriera. La cerré otra vez y, a manera de prueba, la abrí y la volví a cerrar. Por más que me esforcé en mover la puerta corrediza sin hacer ruido el movimiento de la hoja de madera era horrísono. De nuevo la dejé cerrada y giré la pequeña llave, que puse junto a mí en el escritorio.

Quince minutos más tarde la puerta estaba otra vez abierta. La diminuta llave seguía en su sitio del escritorio, junto a las llaves del resto de la casa, que Pablo me había facilitado. Ya estremecido tomé la decisión de dejar la puerta tal cual el duende o el fantasma o lo que fuera la quisiera dejar.

A eso de las diez treinta todo lo que hubiera en la gran cocina integral cayó al piso con estrépito. Escuché cómo una gran vajilla de múltiples puestos se rompía contra el piso embaldosado. Por supuesto, cuando mi contacto me había enseñado la casa noté que las alacenas estaban vacías.

Algo que jamás he entendido de las películas de terror es la soberana estupidez de los protagonistas que siempre tienen que ir a investigar… es decir, a desafiar las fuerzas sobrenaturales que los acechan. Yo tomé la opción B: intenté concentrarme en el libro. Después de intentar leer la misma página en trece ocasiones sin ningún éxito, preferí encender la grabadora, tomar mi cuaderno y empezar a anotar todo.

Las anotaciones entre las once menos cuarto y al medianoche son una colección de fenómenos auditivos, algunos absurdos, otros atemorizantes. Hoy recuerdo poco sobre esa noche, y por más que me esfuerzo no sé qué me pudo haber llevado a anotar “11.42: ¿perros?”

Pero cuando llegó la medianoche un único sonido, claro e inconfundible, me llenó de un pavor tal que aún hoy lo recuerdo con total claridad.

A veces, los gatos en celo maúllan con un sonido lastimero muy parecido al llanto de un recién nacido. Pero por más que el maullido parezca un llanto hay detalles que los gatos no imitan: esas pequeñas contracciones respiratorias compulsivas y el ritmo particular del llanto desesperado y furioso de una criatura.

Mientras tecleo los ojos se me han encharcado. Son las diez treinta de la mañana, la oficina está llena de gente y sin embargo la fuerza del recuerdo es tal que me estremezco y temo mirar a mi alrededor. Tengo pánico de separar los ojos de la pantalla.

El llanto duró durante casi quince minutos – las hojas mecanografiadas tienen la anotación precisa de la hora – pero para mí fue una eternidad: ¿debía abrir? Tenía el fuerte impulso de verificar que, de algún modo, un bebé real no hubiera llegado hasta ese sitio y estuviese congelándose hambriento y desamparado… y otro impulso igual de fuerte de salir corriendo o de arrojarme por la ventana al patio y al bosque de más allá.

El llanto terminó: yo mismo estaba llorando de terror, en silencio, con temor de hacer el más mínimo ruido.

Y entonces, dentro de la habitación, sonó algo que en el manuscrito sólo pude definir como el rugido de un león furioso. Volví, sin poder evitarlo, mis ojos hacia la fuente del ruido y vi cómo la puerta del armario se cerraba, esta vez con todo el ruido que yo mismo hubiera obtenido de realizar la misma acción.

En principio, comprobar que el ruido no era el rugido de algún monstruo asesino me alivió… hasta cuando caí en cuenta de lo que estaba viendo: esa ruidosa puerta corrediza que se movía muy despacio sin que nadie la empujara hasta cerrarse por completo.

Y entonces el llanto empezó de nuevo, esta vez dentro del armario.

Recuerdo haber orado con fervor pero en silencio hasta cuando el llanto terminó. Recuerdo haberme incrustado contra el espaldar del asiento cuando algo empezó a rascar la puerta la habitación con unas garras. Recuerdo haber estado a punto de gritar cuando, ya con los nervios al extremo de su resistencia, decidí largarme y me encontré con que la puerta de la casa no abría y ninguna de las llaves funcionaba. De regreso a la habitación, recuerdo haber escrito una especie de absurdo testamento en la penúltima página del cuaderno: “Si alguien encuentra estas notas…”

Sí, estaba tan aterrorizado como nunca he vuelto a estar en mi vida y, aparte de ese estremecedor llanto infantil, doy muy poca credibilidad a los recuerdos de esa noche.

Pero recuerdo con claridad un par de ojos de perro, furiosos, brillando con un resplandor rojo a través de la ventana, cuyas cortinas, por supuesto, había dejado abiertas para demostrarme a mí mismo que no era ningún cobarde.

A eso de las seis de la mañana cobré ánimos para intentar de nuevo la fuga. No encontré ningún obstáculo hasta la puerta principal, que se abrió sin dificultades.


Hubiera sido mucho pedir un descanso tranquilo después de la experiencia. Pero ya en mi propia casa, en terreno conocido, con las puertas de mi habitación y de mi armario abiertas de par en par y a plena luz del día, volví a escuchar la cinta.

Estaba el llanto, estaba mi respiración agitada y mi murmullo nervioso – sería más preciso decir aterrorizado – contando que algo arañaba la puerta del cuarto, estaban los sonoros pasos sobre la habitación… y estaban las voces.

No recuerdo haberlas escuchado esa noche. Pero estaban en la cinta, tan claras como mi propia voz y más nítidas que el llanto.

La primera parte, unas voces suaves y lejanas, se entendían a la perfección: “vetevetevetevetevete”

Más tarde sonaba una sola voz, angustiada, acercándose y alejándose, distorsionada, que pasaba del susurro al grito pero siempre nítida: “sableubon… sableubon… sableubon… ¡SABLEUBON!”

Apagué la grabadora y me fui a la sala de la casa, ese sábado a las ocho de la mañana, a ver televisión, y allí me quedé dormido.


Esa misma tarde tomé la cinta y la llevé a un amigo que tenía montado un precario – pero para nosotros fabuloso – estudio de grabación.

El reproductor enredó, rompió y mascó la cinta en la primera pasada. Algo que el aparato nunca había hecho, y nunca volvió a hacer.

Pero las ominosas palabras de la voz misteriosa habían quedado sobre papel. Me llevé la palabreja a la Facultad de Idiomas de la Universidad local y luego de diez minutos todos en el laboratorio lingüístico reían a mandíbula batiente: “Sableubon” no es el nombre de ningún antiguo demonio mesopotámico, ni se trata de una olvidada maldición egipcia, sumeria o muisca.

“No vuelvas”, dicho al revés.

Nightmare
Nightmare

Cuentos de dragones

La luz de las lámparas de aceite en la taberna era tenue, adecuada para relajar ojos cansados por el sol de un día de viaje. La música que tocaba el arpista al fondo de la sala hablaba sin palabras del reino del sueño.

Una moneda de plata rodó hasta donde el voluminoso y barbudo propietario de la taberna bebía una aromática bebida caliente en una enorme taza, sentado en un banco alto. Un gesto de cierta mano enguantada le indicó que se guardara el cambio y el viajero, un hombre de mediana estatura y facciones cubiertas por la capucha de un amplio manto rojo, caminó hacia el grupo de aventureros, y se situó tras el que contaba la historia, un jovencito delgaducho que a juzgar por el tono de piel, poco había cabalgado. La guarda de la espada a su costado estaba limpia, reluciente y sin marcas: esa espada nunca había visto combate, salvo, quizá, en algún salón de prácticas. El viajero sonrió bajo la capucha que dejó caer sobre los hombros con un gesto elegante. Tenía el cabello largo y rojizo, piel atezada y ojos color ámbar.

-Entonces puse la punta de Cortadora, mi espada -decía el muchacho tocando la empuñadura de su arma- frente al ojo derecho del dragón y le dije “¡Mira bien, lagartija!¡Esta es la punta de Cortadora y es lo último que verás en tu vida miserable!” Y le clavé la hoja hasta la empuñadura… el animal trató de levantar la cabeza pero ya era tarde y murió allí, frente a mí… -Se detuvo en seco al sentir el frío del acero en su cuello. Instintivamente llevó la mano a la empuñadura de Cortadora… que ya no estaba en la funda. Una mirada de soslayo le indicó que la adornada hoja de su propia espada lo amenazaba. Sus tres acompañantes se levantaron de un salto y el arpista suspendió su interpretación.

-Mira esto, Señor Aventurero -El hombre del manto rojo, que sostenía la espada con la mano izquierda, señaló con un dedo enguantado una serie de puntos negros en la reluciente hoja de acero – parece que no limpias tu hoja con frecuencia…- Levantó la espada y la miró a la luz de las lámparas de aceite. El cantinero había puesto un hacha enorme sobre la barra y acariciaba el mango mirando al grupo como si deseara una excusa para usarla.

El viajero enseñó la hoja a los muchachos y luego al grueso propietario.

-¡Puntos negros! Son tu peor enemigo. Permitirán a cualquier orco de montaña romper tu excelente hoja con una cimitarra de hierro mal templado. Debes cuidar de tu arma. Podría traicionarte. -Una ronca carcajada medio contenida sonó desde la barra. El cantinero asentía con la cabeza.

El recién llegado entregó la espada por la empuñadura y el muchacho tuvo que incorporarse para recibirla. Un poco más alto que el viajero pero de figura desmañada, junto al elegante porte del desconocido, lo hacía ver como un adolescente.

Cuando el joven aventurero terminó de enfundar torpemente la espada, el hombre de los ojos ámbar se le acercó un par de pasos.

-¿Quién ha forjado esa magnífica espada de la que tan poco te preocupas?

-El herrero de mi Padre, el Señor Duque de las Tierras de…

-¿Es el herrero un sirviente de tu padre?

-¡Por supuesto! -Con la espada enfundada, apoyando la mano derecha en la guarda y notando que el viajero, vestido de manera sencilla, no llevaba armas, el muchacho recuperó su aplomo y su prepotencia. -Mi padre es un hombre poderoso…

-No lo dudo -Algo en el tono del viajero hizo que el comentario pareciera una burla velada. -Y dime, Valeroso Aventurero, ¿están muy lejos las tierras de tu padre?

-Siguiendo el camino durante dos días, a buen paso, llegarás ante las Montañas de Piedra. No son altas y el Paso es amplio y seguro y en otros dos días podrías estar ante las puertas del rico Castillo Dorado de mi padre.

-Dime, te lo ruego, ¿qué clase de Dragón fue el que mataste de manera tan cruel con Cortadora?

Sacando pecho como un gallo de pelea, el muchacho volvió a asumir una actitud orgullosa.

-Un Dragón Negro que estaba asolando una de las aldeas de mi padre…

-¡Un Dragón Negro! Eres valiente sin duda. Y dime, ¿dónde hallaste a criatura tan poderosa y al tiempo escurridiza?

Presintiendo que el desconocido pretendía burlarse de él, el joven tomó una actitud cautelosa.

-Yo… esperé en un árbol que fuera a beber a un estanque, cerca de su guarida, en el Bosque de los Elfos…

Una carcajada ronca, menos contenida esta vez, anunció que el cantinero disfrutaba del cuento.

-¡El Bosque de los Elfos! Ya lo recuerdo. ¿Está en los dominios de tu padre? En alguna ocasión fui hasta allá para trepar las colinas y visitar las cavernas…

El muchacho estalló en carcajadas burlonas, coreado por uno de sus amigos.

-¡Eres un majadero, amigo! – Increpó al viajero con desparpajo y descortesía: -quien haya pasado por el Bosque de los Elfos sabe que está en el fondo de un gran valle y allí no hay ni colinas ni cavernas.

En lugar de enfurecerse, como todos esperaban, el hombre rió también.

-Sí, lo confieso, soy un majadero. Pues conozco cada árbol y piedra del Bosque de los Elfos y sé que allí no hay colinas ni cavernas… y, por lo tanto, no puede haber ninguna guarida de un Dragón Negro: todos los aventureros avezados conocen la preferencia de esas bestias por las cavernas profundas bajo las más altas montañas, pues la luz del Sol puede herirlos. Nadie hasta ahora había escuchado de un Dragón Negro que hiciera su guarida en un bosque… así que, sí, lo acepto, tal vez sea un majadero. Pero tú lo eres con certeza.

El rostro del muchacho se contorsionó en una mueca de ira y tironeó de la espada. El viajero no se inmutó. Un hacha de guerra se interpuso entre ambos. El dueño de la taberna puso la cabeza de su arma bajo la barbilla del chico.

-Si esa hoja sale de la funda, te juro que no será lo único que se rompa esta noche. Y mi hacha no es de hierro mal forjado. -Su expresión anunciaba negras intenciones.

El joven soltó la empuñadura de Cortadora y retrocedió un paso. Con una mirada de advertencia al viajero, el propietario se retiró tras la barra.

Aún congestionado por la ira, el joven dijo a media voz:

-No soy ningún majadero.

-Entonces tu fértil imaginación supera todas tus aventuras… si has corrido alguna. -El viajero hablaba con la misma voz calmada y el mismo tono de burla disimulada. -Al menos no has matado dragón alguno. Pues de ser así, y de haberse tratado de un Dragón Negro, tu Cortadora ya no cortaría más. Cualquier aventurero te diría que la sangre de un Dragón Negro disuelve el mejor acero como nieve bajo el Sol del Solsticio de verano. Las únicas armas capaces de matar un Dragón son fabricadas con Plata Élfica, laboriosamente explotada en minas del lejano Norte, y sólo los Enanos son capaces de forjarla por medio de magia cuyos secretos guardan con celo.

-El herrero de mi padre… -la voz del muchacho se quebró sin terminar la frase.

-El herrero de tu padre no es un Enano pues ninguno de su raza, en el pasado o el presente, ha servido a ningún Señor de los Hombres por poderoso que fuera, y nunca lo hará. Los Enanos prefieren la muerte a la servidumbre, sin excepción.

El viajero adelantó otro paso hacia el muchacho pálido, mudo y frío, como muerto. Los demás muchachos guardaban silencio, pero uno sonreía con sorna.

-¿Quién es el Majadero? -Los ojos ambarinos se fijaron en el dueño de Cortadora, luego el hombre dio media vuelta y se dirigió hacia la entrada de la taberna.

-¡El Majadero eres tú! ¿Quién ha visto jamás un Dragón o un Enano? ¡Guárdate tus cuentos de Dragones, señor Viajero. Si no he matado ninguno es porque no existen, negros, verdes ni rojos, como no existen los malditos Enanos…!

El viajero le dirigió al chico una mirada compasiva y se volvió hacia el cantinero, bajo, voluminoso y barbudo que aguardaba junto a la barra, apoyado en su enorme hacha de guerra. Al ver la mirada del extraño, se encogió de hombros como diciendo “Bah.”

El frío de la madrugada era estimulante. El viento, que tal vez trajera noticias del lejano océano, le arrancó una sonrisa.

“¡Guárdate tus cuentos de Dragones, señor Viajero. Si no he matado ninguno es porque no existen, negros, verdes ni rojos…!”

Para cuando terminó de recordar la furibunda frase, el viajero abrió las alas, rojas, inmensas y membranosas, sacudió la majestuosa cabeza cubierta de escamas brillantes como rubíes bajo la luz de la luna llena y con dos aletazos elevó el cuerpo gigantesco y sinuoso, y voló, rápido y magnífico, rumbo a las Montañas de Piedra.

Alzando vuelo
…abrió las alas, rojas, inmensas y membranosas, sacudió la majestuosa cabeza cubierta de escamas brillantes como rubíes bajo la luz de la luna llena y con dos aletazos elevó el cuerpo gigantesco y sinuoso, y voló…

Rendija

La capacidad visual del ser humano se deteriora con la edad, lo cual se nota en la reducción gradual de la capacidad de expansión de la pupila y la disminución proporcional de la cantidad de luz que llega a la retina.

En resumen, los niños son capaces de percibir imágenes en ambientes menos iluminados que los adultos.

Es decir, ESO que vive en el armario y que te aterrorizó durante tu infancia nunca se fue. Sigue allí, pero ahora no puedes verlo.

Felices sueños.

Experimento
ESO que vive en el armario…

La Espada Rota

Cuando Poul Anderson compitió con Tolkien… Y perdió

El libro llegó a mis manos como suele ocurrir en los cuentos de fantasía –no de hadas: me remito al Profesor y su “Árbol y Hoja” para sustentar la diferencia– por accidente, pero dejando la extraña sensación de que el destino lo había puesto ante mí con oscuras y desconocidas intenciones. Fue una extraña coincidencia que llegara en uno de esos particulares momentos de cínica melancolía en que todo lo que ha forjado nuestra mente se añora y se desprecia a un tiempo, tal vez por pensar que aquellos manjares que antaño saciaron la sed de conocimiento, a veces disfrazado de simple ansia de aventuras, son irrecuperables, y su sabor añejo ya no es suficiente para satisfacer el apetito intelectual. Las obras del Profesor me hastiaban por ese entonces, y la despiadada codicia que Christopher Tolkien parecía mostrar con una nueva edición de las historias de la Primera Edad, esta vez bajo el título de “Los Hijos de Húrin”, me prevenían en contra de todo aquello que oliera a élfico, perfume no menos delicioso que la primera vez pero ya empalagoso para mi olfato literario.

Así, cuando, hojeando el dichoso libro al azar, empecé a percatarme de la extraña mezcla entre mitologías celta, nórdica y medieval, con descaradas referencias al cristianismo y a la hecatombe cultural perpetrada por los evangelizadores en Europa, y cuando percibí un cierto saborcillo Tolkeniano en uno o dos pasajes leídos a la carrera y que hablaban de los elfos, decidí arrojar el ejemplar a un estante para cuando mi ánimo estuviera más receptivo, pidiéndole disculpas al señor Poul Anderson por la rudeza, puesto que su ciencia ficción siempre me agradó bastante.

Pasaron algunas semanas y muchas cosas en mi vida, y por alguna extraña circunstancia se despertó una cierta curiosidad por profundizar en todas las cosas nórdicas, y recordé el viejo tomo semioculto detrás de varios ejemplares de Heavy Metal.

Las primeras páginas fueron penosas: el prefacio de Javier Martín Lalanda y su inevitable mención del Profesor reavivó el escozor antiélfico de días atrás. Hasta cuando, releyendo un párrafo, el rescoldo se apagó como pateado por un pesado corcel Jötun:

“¿A qué es debido que esta obra de Anderson haya pasado desapercibida? A la edición, al mismo tiempo que ella, de “El Señor de los Anillos” de Tolkien. En efecto, “The Lord of the Rings” aparece en Gran Bretaña en 1954, de suerte que frente a una temática similar, el profesor de Oxford eclipsa totalmente al recién titulado norteamericano. No deja de ser, por tanto, una broma del destino -¿quién sabe si no sería debido a un encantamiento de los trolls y de sus adictos?- que Tolkien, quien, precisamente, quería resucitar esa dimensión feérica que veía perdida, debido a una falta de coordinación con su «aliado» del otro lado del Atlántico, malograse sus encomiables esfuerzos.”

Bien, me dije, vale la pena intentarlo.

Al terminar la lectura, lamenté dos circunstancias: primero, no tener acceso, al menos de momento, a la edición en inglés. Sin demeritar los esfuerzos de Javier Martín Lalanda, precisamente la lectura de Tolkien me ha enseñado que, cuando una obra realmente vale, vale el doble en su lengua nativa. Segundo, haber dado comienzo a la lectura; de no haberlo hecho, no habría terminado, y no tendría ahora este enorme agujero entre la mente y el corazón que añoran Faerie, y Alfheim, y hasta Jötunheim.

Recorriendo junto a Valgard y Skafloc las tierras de Inglaterra y de Midgard reconocí viejos rostros en su forma juvenil, si bien con nombres e ideologías diferentes: en la tragedia de Valgard Berserkr y su hacha fratricida pude reconocer rasgos de Turin Turámbar y su negra espada, así como la malvada espada Tyrfing, habitada por un demonio y sedienta de sangre y violencia, me señaló con claridad el camino hacia Melniboné. También el trágico romance entre Skafloc y Freda tiene visos de la maldición que Morgoth impuso sobre Húrin.

Pero los elfos de Anderson no son los nobles Eldar de Tolkien, como queda muy claro ante la cruel desfachatez de Leea, pero tampoco son los petéticos duendecillos shakesperianos que plagan los “cuentos de hadas”. Así como Faerie no es la Tierra Media, puesto que coexiste con Midgard y con el mundo de los hombres, al que va cediendo paso de manera irreversible ante el avance de la religión del “nuevo dios”, al que Anderson respeta pero a cuyos seguidores culpa sin remordimientos de la pérdida de tantas bellas tradiciones en el mundo.

“Siento que se acerca el día en que Faerie se desvanecerá, cuando el mismísimo Rey de los Elfos se convierta en un simple espíritu de los bosques y después en nada, y los dioses se oculten”, dice Imric, Conde de Elfheugh, al terminar la saga de Skafloc, y es curioso, mas dudo que sea una simple coincidencia, que tales palabras sean un eco tan fiel – o tal vez se vean reflejadas con tanta precisión – en las de Galadriel: “Pero si triunfas, nuestro poder decrecerá, y Lothlórien se debilitará, y las mareas del Tiempo la borrarán de la faz de la tierra. Tenemos que partir hacia el oeste, o transformarnos en un pueblo rústico que vive en cañadas y cuevas, condenados lentamente a olvidar y ser olvidados”.

Separados por miles de kilómetros de tormentoso océano, y casi al mismo tiempo, Poul Anderson y J.R.R. Tolkien, se tomaron el trabajo de ir mucho más allá de los cuentos de hadas y de Shakespeare y de las mutilaciones eclesiásticas, y sintieron aquello que mucho antes nubló los rostros y la felicidad de los Elfos y de los hijos de Dana y de los viejos dioses, que supieron desde siempre el amargo destino que la corta y egoísta memoria de los hombres precipitaría sobre ellos y sus obras.

Pasará aún algún tiempo antes de que me atreva a acercarme de nuevo a tierras élficas, en Faerie, en Asgard o en la Tierra Media. Entretanto,

Namárië.

Anderson, Poul. La Espada Rota. Colección Ultima Thule, Grupo Anaya, Madrid, 1992.

A furore Normannorum libera nos, Domine
A furore Normannorum libera nos, Domine

La historia, en bandas sonoras

Sumergirse en la oscuridad de la Historia en busca del conocimiento; vivir las vidas de los ancestros y buscar pistas a las respuestas del presente. Caminar los caminos del pasado y disfrutar del trabajo de quienes las han desenterrado y embellecido para nosotros desde la literatura, el cine, la música. Vamos a tomar la autopista del tiempo y la recorreremos desde el principio, siendo testigos de la Historia desde la pantalla del cine. ¿Verdad, invención, manipulación, malintepretación? A menos que alguien invente una TARDIS (Time And Relative Dimension In Space, el vehículo del Doctor en la serie británica “Doctor Who”) y lo compruebe, nunca tendremos una respuesta definitiva, pero lo que sabemos o creemos saber hoy es fantástico: disfrutémoslo.

La siguiente selección ha sido realizada, no por la calidad o verosimilitud de las fuentes históricas, ni siquiera por la calidad de las películas (si bien todas figuran dentro de las favoritas del autor), sino, en primer lugar, por la música, y después, por la época que la película quiere representar.

No pretende ser una compilación exhaustiva, ni académica. Pero sí divertida.


En el principio era la Oscuridad, la Nada. Y entonces, en un lapso infinitesimal, toda la energía del Universo fue liberada, y fue el Fuego Primordial que poco a poco se convirtió en Aire, Agua y Tierra, y Vida. Y con la vida, la muerte, la extinción, y el ciclo infinito empieza otra vez.

Fantasía, esa maravillosa producción musical y animada de Disney en 1940, interpreta las teorías sobre el origen del Universo y la Evolución a los compases de la épica “Consagración de la Primavera” de Igor Stravinsky.

Son sólo unos pocos minutos para representar el largo camino entre el Big Bang, la primera célula y esas inmensas y queridas bestias con las que no alcanzamos a compartir el mundo pero cuyos restos excitan nuestra imaginación desde siempre.

La interpretación es de la Orquesta de Filadelfia, dirigida por Leopold Stokowski.

Y entonces, llegó el Hombre. Pero antes de que la Madre Naturaleza le permitiera creerse Amo, tuvo que luchar para hacerse a un lugar en la Creación, compartiendo con los demás seres en condiciones de igualdad. Sobre esos tiempos remotos, de los que la única evidencia son pinturas en cavernas y alguna que otra punta de flecha, podemos, sin embargo, dejar hablar a la imaginación.

Y a través de la imaginación nos habla el director Roland Emmerich con “10.000 B.C.” (2008), una historia épica que pretende acercarnos a la vida cotidiana y a los retos de los ancestros lejanos, esos que realmente conquistaron el mundo oponiendo las manos y la inteligencia al entorno hostil.

La banda sonora es de Harald Kloser y Thomas Wander.

El hombre finalmente empieza a surgir como potencia de la naturaleza. Surgen las naciones. Y con ellas la guerra.

“Troya” (2004), dirigida por Wolfgang Petersen, nos cuenta, soportándose (al menos eso dice el director) en la “Ilíada”, sobre la guerra entre las Polis de la Grecia floreciente y la magnífica ciudad de Troya. Pero los griegos no presentan un único frente: la arrogancia del Rey Agamemnon aleja a su principal guerrero, el legendario Aquiles, al que sólo la tragedia volverá a llevar al campo de batalla.

La banda sonora es de James Horner, y si piensa que ya la ha escuchado, es cierto: algunos fragmentos fueron reutilizados en la de “Avatar”, de James Cameron (2009).

Y mientras griegos y troyanos se despanzurraban, la civilización de los Faraones enfrentaba sus propios problemas de migración ilegal… como Cecil B. DeMille nos muestra en su épica cristiana “Los Diez Mandamientos” (1956); el Faraón no sabe qué hacer con el pueblo judío, y encarga, digamos informalmente, a su hermano adoptivo para que resuelva el problema.

La música fue compuesta por Elmer Bernstein.

Pasa el tiempo. Troya es olvidada y Grecia alcanza su esplendor, que el Imperio Persa nota con codicia. Queda en manos de un Rey valeroso y sus tropas de élite proteger la cuna de la civilización occidental de las hordas orientales. “300” (2007), de Zack Snyder, una película con una realización técnicamente inusual, una narrativa que sólo podía lograrse siguiendo al estética del trabajo original del genio Frank Miller, y la música de Tyler Bates.

Los imperios nacen, florecen y caen. Grecia envejece, Egipto duerme entre las arenas, y el Imperio Romano crece, llevando la Pax Romana a toda Europa. Con la espada, por supuesto. La expansión romana la pone en conflicto permanente en las fronteras, cada vez más lejanas y salvajes, en tanto en la Metrópolis legendaria los ciudadanos y los esclavos viven y mueren bajo capricho imperial o senatorial.

En los bosques germánicos, un general enfrenta la que supone su última batalla en “Gladiador” (2000), de Ridley Scott. La banda sonora de Hans Zimmer recoge bastantes elementos de “Marte” de Holst pero tiene la firma particular de Zimmer, al que volveremos a encontrar más adelante.

Pero ni Roma alcanzó la dominación completa de Europa, ni el Imperio fue inmortal. Al norte, donde el gélido invierno alberga gente indoblegable y los viejos mitos viven aún, Siegfried vence un dragón y es vencido por una mujer.

“Dark Kingdom: The Dragon King” (2004) está basada en la épica germánica “El Anillo de los Nibelungos”, que concentra el núcleo fundamental del folklore del Norte y constituye la base del ciclo operático más representativo de Richard Wagner.

La banda sonora de la película está compuesta por trabajos diversos; se destaca el de la banda de folk europeo Omnia.

En la fría Albión, la retirada de las últimas guarniciones romanas deja los britones, dependientes de la protección romana, a merced de los invasores sajones, que no toman prisioneros. Arturo, lejos de ser el soberano legendario, es un oficial romano hastiado de batallar y con la esperanza de llevar a sus hombres – caballeros sármatas – a casa, a la libertad. Pero el Imperio sigue siendo poderoso y tiene otras ideas.

“King Arthur” (2004) es una visión racional, basada en hipótesis históricas, acerca de la leyenda del Rey Arturo y los Caballeros de la Mesa Redonda, y sitúa la acción en un crítico período de invasiones y migraciones que terminarían, pocos siglos después, con la caída del Imperio Romano de Occidente.

De nuevo nos encontramos con Hans Zimmer en la batuta de esta banda sonora.

Pero la Leyenda perdura, y el Rey Arturo y sus Caballeros se convierten en epítomes de la justicia y de la búsqueda de la perfección en forma del Grial. Una Europa sumida en la oscuridad busca la luz en los mitos, y la Inglaterra oscura y dividida vuelve sus ojos al pasado, en busca del rey que duerme en Avalon.

“Excalibur” (1981) de John Boorman nos muestra la Leyenda, tal y como la recopiló Sir Thomas Malory en “La Morte D’Arthur”, a su vez convertida en novela nada menos que por John Steinbeck.

La selección de “O Fortuna”, primer movimiento de “Carmina Burana” de Carl Orff como banda sonora es magistral por cuanto la majestad de los masivos coros refleja muy bien el sentido épico de la historia.

Otra pieza sinfónica notable en la banda sonora es “El Ocaso de los dioses”, de Wagner, que abre y cierra la película – y que constituye el último movimiento de “El Anillo de los Nibelungos”, del que hablamos antes. Los tonos oscuros y melancólicos de la pieza son perfectos para el final a un tiempo triste y lleno de esperanza en una lejana profecía.

De regreso a las tierras germánicas, un romance y una tragedia que también son parte de la leyenda manchan de sangre e iluminan con versos esa tierra llena de majestad. La historia de Tristan e Isolde es el prototipo de la historia romántica de amor imposible y heroísmo trágico, y sirvió también a Wagner para una ópera memorable.

“Tristan + Isolde” (2006), de Kevin Reynolds, con la actuación de James Franco y la hermosa Sophia Myles, es una película sin pretensiones, realizada con sencillez pero con una fotografía espectacular y realizada casi toda en exteriores en las magníficas locaciones de Irlanda.

La música es de Anne Dudley, y la pieza a escuchar toma su título de un poema que los dos jóvenes amantes se leen en la historia:

“¿Qué hicimos, a fe mía, hasta el instante de amarnos?
¿Apenas habíamos empezado a vivir hasta entonces?
¿Absorbíamos puerilmente los placeres encendidos del campo?
¿O roncábamos en la cueva de los siete durmientes?
Así fue; pero eran fantasías todos esos placeres.
Siempre que descubría alguna belleza
Y la deseaba, eras tú a la que anhelaba en mis sueños.
Y ahora buenos días a nuestras almas que despiertan,
Que se observan una a otra no sin miedo;
Por amor todo amor sobre otras miradas prevalece,
Y construye un pequeño refugio en cualquier parte.
Que los descubridores de mares visiten nuevos mundos,
Que mundos sobre mundos a otros los mapas les enseñen,
Déjennos conquistar un mundo;
Cada uno posee el suyo, y es sólo uno.
Mi rostro en tus ojos, en los míos el tuyo,
En los rostros descansan los fieles corazones;
¿Dónde podríamos encontrar dos hemisferios tan perfectos
Sin el Norte glacial, sin el agonizante ocaso?
Aquello que muere no está debidamente amalgamado;
Si son nuestros amores uno, o si nos amamos
Sin desmayo, de ningún modo moriremos.”

Y más al norte, un héroe enfrenta a los monstruos que los viejos dioses respetaban como iguales pero que la nueva religión desprecia como reliquias de una tradición moribunda.

“Beowulf” (2007), de Robert Zemeckis, busca en su protagonista aquello que diferencia a un héroe de un cobarde. A nivel literario es notable por tratarse de la primera manifestación escrita conocida de lengua anglosajona. Como dato curioso, entre sus más conocidos traductores figura nada menos que J. R. R. Tolkien, quien haría uso del tema central del poema, el Destino (el Wyrd de los nórdicos), como parte de la saga de Turin Turambar, su personaje más trágico.

La banda sonora es de Alan Silvestri.

En esas costas ásperas y heladas se forja una raza guerrera cuyas hazañas quedarán escritas para la posteridad. El hombre del norte vive por la espada y espera morir por ella, cubierto de gloria y de la sangre de sus enemigos, pero incluso él puede sentir miedo de lo desconocido, de los sobrenatural.

Un emisario de otra raza, también guerrera pero al tiempo curiosa e inteligente, se ve envuelto, por accidente, en una historia en la que el autor Michael Crichton, basándose en las crónicas de viajes de Ibn Fadlan, un viajero árabe del siglo X, pretende buscar una racionalización a la leyenda del héroe Beowulf al tiempo que reinterpreta “Los siete samurais” de Kurosawa.

“The 13th Warrior”, (1999), de John McTiernan. La música es de Jerry Goldsmith y fue reutilizada en varias otras producciones, la más destacada de las cuales es “Kingdom of Heaven” (2005), de Ridley Scott.

En Gran Bretaña, con el tiempo, los Sajones que Arturo tanto combatió llegaron a reinar, pero no por siempre. Guillermo el Bastardo, aspirando al codiciado trono de Inglaterra, invade la isla con sus caballeros normandos, sometiendo a los Sajones y Britones sobrevivientes a la servidumbre.

Pero en los bosques los sajones resisten bajo el liderazgo del elusivo Robin Hood.

“Robin Hood” (1991), de Kevin Reynolds, presenta una visión ligera y divertida de la leyenda de los alegres ladrones, en un intento por recuperar el ritmo rápido de los swashbucklers de la primera mitad del siglo XX y que remontaron los vítores de las audiencias en las espadas de Errol Flynn y Basil Rathbone. La banda sonora es de Michael Kamen, y durante un par de décadas se convirtió en la fanfarria oficial de la productora Morgan Creek.

No todas las historias épicas tienen que ver con el destino de los pueblos. Algunas afectan tan sólo a sus protagonistas, como la bella leyenda de amor contenida en “Ladyhawke” (1985) de Richard Donner.

Italia, siglo XII; el poder de la Iglesia es creciente y (oh, novedad) tiránico. Una hermosa dama de la nobleza se niega a ceder a las pretensiones amorosas de un jerarca eclesiástico y en cambio entrega su corazón a un valiente soldado. Rechazado, el obispo maldice a la pareja, y es el único que, en un día especial, puede anular la maldición.

La música es de Andrew Powell.

“Arn, The Knight Templar” (2007), de Peter Flinth, nos cuenta la historia de un Caballero Templario que llega a Oriente Medio buscando defender su Fe en tanto huye de las intrigas políticas de su Suecia natal, a la que regresa posteriormente para liderar a sus coterráneos en una guerra que definiría el futuro de las naciones escandinavas.

La banda sonora es del finlandés Tuomas Kantelinen.

Ni las cruzadas, ni la historia, ni la tradición milenaria, pueden impedir que el último y glorioso vestigio del Imperio Romano, la magnífica Constantinopla, caiga finalmente ante el Islam. Sólo la Orden del Dragón, establecida por el Emperador Segismundo para combatir la amenaza turca, se yergue entre Europa y los sables que vienen de Oriente. Vlad, llamado “El Empalador”, no sólo debe combatir las tropas de Mehmed II, sino que debe enfrentar la traición en su propio reino.

“Bram Stoker’s Dracula” (1994), con la estremecedora banda sonora del Maestro Wojciech Kilar.

Con el Imperio Romano de Oriente, el viejo mundo ha muerto, con todas sus tradiciones, mitos y leyendas. Comienza un nuevo mundo, una nueva historia.


Para disfrutar de toda la lista de reproducción sin necesidad de aguantarse la cháchara, aquí está:

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Cuento

Trotando con suavidad abandonó la playa y se encaminó a la colina rocosa que, cerca, parecía vigilar el océano con mirada pétrea.

Sin apresurarse emprendió el ascenso a través de las rocas hasta llegar a la cima. Atrás quedaba la tierra de sus ancestros. Delante, el mar inmenso y majestuoso, en el que un sol llameante se hundía incendiando el cielo. Muchos metros lo separaban de las olas que, rugientes, se estrellaban contra la sólida muralla: colmillos de piedra que, cansados de la lucha milenaria con el mar, parecían aguardar al incauto que diera un paso más en la cima de la colina.

Tomó el carcaj lleno de flechas cazadoras, proyectiles certeros y leales y, mirándolo con cariño, lo lanzó con fuerza hacia el mar, que reclamó ese sacrificio sin inmutarse. Luego tomó el enorme arco que sólo él podía tensar, hecho con madera de fresno y delicadamente grabado con fantásticas escenas de cacería, lo rompió y lo ofreció también al océano insaciable.

Al pie del risco la marea en descenso había dejado al descubierto aún más rocas mortíferas. En el horizonte el Rey de los astros terminaba de sumergirse en un mar de fuego y en ese preciso instante alzó los brazos poderosos al cielo y gritó. Gritó poniendo en su voz toda la ira, la tristeza y la desesperación del amante incomprendido, toda la angustia del amor imposible. Y mientras su voz se alzaba hacia dioses impasibles, él avanzó con un salto y se ofreció a sí mismo como sacrificio final a las rocas y al mar que, en el momento anterior a la oscuridad definitiva, le pareció que lo acogía con una sarcástica carcajada, como si aceptara el sacrificio del centauro sabiendo que sería inútil.

Entretanto, sobre la playa, su amada, habiendo escuchado el grito final, decidió que, en esta ocasión, no regresaría al hogar con la marea: dejaría que las olas se alejaran cada vez más, abandonando su cuerpo en la tierra firme y permitiendo que, despacio, la vida se escapara, único destino para la sirena abandonada por el mar.

Cuando el áureo círculo del sol iluminó de nuevo el mundo, centauro y sirena no eran más que un recuerdo triste. ¿O no?

Quizá los dioses no sean tan crueles, y ese romance imposible entre la tierra y el océano haya dejado su fruto para el mundo. Nada por allí, apenas percibido, con elegancia, atándose a veces por la cola a una delicada ramita de coral, dejándose mecer por los vaivenes del agua interminable. Y al mirarlo, se ven, sin duda, los rasgos inconfundibles de la madre, mas ¿y el padre? Claro que sí: por algo es un caballito de mar.

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